miércoles, 17 de junio de 2020

Apertura total

por  Caronte Campos Elíseos



Comenzamos la tercera fase de la apertura y flexibilización del confinamiento, entrando en la temporada de huracanes.  Para efectos prácticos podríamos decir que estamos en apertura total (aunque yo piense quedarme en el auto exilio).  Después de noventa días aislados en el ostracismo casero, por fin nos abrieron las compuertas para salir en carrera.  En tiempo record tenemos playas contaminadas, muertes en ascenso en accidentes de tránsito y tiroteos; robos, escalamientos, desaparecidos en corrientes de ríos, calles con embotellamiento, etc.  Amén de la locura individual y el permanecer engolfados en los problemas personales (al menos en mi caso particular).  Así que puedo decir sin que me quede nada por dentro: “el pueblo está en la calle con todo su esplendor”.  Es admirable como un país entero tiene la valentía de confiar en su gobierno, aun cuando este demuestra incapacidad, negligencia y apatía por su salud y seguridad.  Al menos podemos asegurar que los políticos no solo tienen capacidad para desaparecer las riquezas nacionales, sino que también pueden, como por arte de magia, desaparecer los casos positivos a COVID, en millares.  Cual acto circense, nos asombramos y aplaudimos el espectáculo.  Acto seguido, salimos a la calle sin certeza sobre a cuál de los listados nos van a inscribir con los resultados de las pruebas; a los positivos, a la de los positivos probables o los falsos negativos.

Pero esta apertura total no solamente ha liberado al pueblo desenfrenado y a un gobierno hambriento de medro público; también ha puesto de manifiesto los síntomas de un virus centenario y que nunca ha recibido tratamiento.  En lo que va de semana, hemos presenciado el resurgimiento de un mal social solapado por el “establishment”.  Los ataques racistas contra vecinos del barrio, la burla racista en medios de comunicación contra una mujer negra y el nombramiento de un funcionario público acusado de insensibilidad hacia los menores y de racista; evidencian lo retrogrado y la hipocresía de la sociedad puertorriqueña.  Abiertamente consentimos estos comportamientos.  Algunos los toman como bromas inocentes, otros como exageraciones o malas interpretaciones; muchos dicen que son majaderías de los negros; y los demás, simple y llanamente se muestran indiferentes a la realidad. 

@frankippolito
Pero evidentemente, lo que se percibe cada vez más abierto, es la brecha profunda entre la utopía de un país socialmente estable, organizado y civilizado; y la cruel y cruda realidad de un pueblo históricamente manchado por los prejuicios, la negación de su origen racial y la pobre autoestima nacional.    Vivimos un espejismo de normalidad que nos entretiene y nos polariza en nimiedades, mientras se perpetúa el Status Quo.  Ese que nos divide en función de razas, colores, géneros, poder adquisitivo, preferencias sexuales, entre otras formas de segregación.  Lo peor de todo es que las instituciones gubernamentales discriminan impunemente a base de estos criterios contra sus propios constituyentes.  Los zafacones azules pintados con mensajes ofensivos, las muñecas chismosas en televisión con ataques despectivos, y los funcionarios “chatiando” sobre las vicisitudes de una menor de 11 años; solo son el reflejo de un sistema infectado por la corrupción y la ausencia de ética y moral.  La falta de valores cae como cascadas ensangrentadas hasta correr por nuestras mestizas venas como pulso que golpea, arrastra y ahoga la inteligencia.  Demás está decir que somos reflejo de la metrópoli.  Mimetizamos, cual ancestral colonia, todos los comportamientos del imperio.  Los mismos que manifiestan en producciones cinematográficas donde purgan la sociedad depurándola de todos los rasgos estigmatizados como despreciables.  Un primer mundo que demoniza las diferencias.

Hasta que no haya una apertura a la verdad; apertura a la historia de nuestro origen y procedencia; una apertura genuina de aceptación de nuestra realidad, no tendremos el coraje de asumir posturas contra esos prejuicios que ofuscan el buen sentido e inducen al pensamiento común y mediocre.  Mientras no llegue el momento en que tengamos una apertura total a nuestra conciencia colectiva, seguiremos actuando como “buenos” hermanos del génesis cristiano.

¡Levántate y anda! 

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