No
sé a cuantos de ustedes les pase lo mismo, pero para mí son sensaciones
noveles. Me refiero a la desesperación
de salir corriendo de estas cuatro paredes.
Tantos y tantos años padeciendo esta agorafobia, que temo ahora, a causa
de esta cuarentena, haber rebasado el punto de no retorno: la locura
perpetua. Digo que esta sensación es
nueva para mí porque, de ordinario, estaba seguro de estar sumergido ya, en ese
abismo.
El
síntoma más notable de esta enajenación, es el deseo incontrolable de escapar
para hacer las cosas que antes podía hacer y no hacía. Hablo de las rutinas de cualquier persona
común. Ir al supermercado a comprar toda
clase de productos dañinos, tanto para mí como para el medio ambiente; hacer
una fila kilométrica solo para hablar bazofia con algún extraño que poco le
importan mis problemas personales y a mí los suyos; ir a una oficina de
gobierno a recibir algún servicio mediocre, aun cuando voy a pagar los
servicios esenciales; entrar a un centro comercial a comprar productos
genéricos que no necesito, pero que son para lo único que alcanza el salario
infrahumano que devengo. ¿Cuantos
estarán en situación similar a la mía?
Extrañando las horas muertas en tapones, la contaminación del aire con
sus efectos en los ojos, boca y nariz; escuchar las palabras poderosas de algún pastor o pastora recomendando realizar cosas que a todas luces ellos mismos no
viven, pero aun así inducen a dejarles el diez por ciento de la pobreza que
cargo en mi bolsillo.

El
tercer síntoma es el peor de todos. Es
algo más que un impulso, es un arraigado reflejo, una idea sembrada en la mente;
un condicionamiento o adoctrinamiento que parece tener el mismo efecto de la
flauta. No parece ser de temporada, más
bien heredado de generaciones pasadas. Incita
a realizar las mismas nimiedades de siempre una vez devueltos los derechos a la
libertad y al libre movimiento. Volver a
la mediocre vida de antes sin consideraciones ni contemplaciones. Salir a la calle con las mismas actitudes,
costumbres y comportamientos que nos llevaron a padecer esta pandemia sin
previo aviso. No sé si es un pensamiento
intelectualmente valido, pero anhelo engolfarme en la enajenación de lo
evidente, ignorar la burda realidad y dejarme consumir por la desidia y el desapego.

Nos
han vacunado para no sentir las afrentas de los testaferros de los grandes
intereses. El descaro es tal, que la Secretaria
que se gana 100 mil dólares americanos al año, pide paciencia durante la
emergencia a los desempleados sin ingresos; se auto infringen fraudes
cibernéticos al gobierno con tal de medrar a costa de nuestros ya escasos
recursos; el nepotismo es demasiado evidente como para que la prensa y sus
periodistas pierdan tiempo investigando; se pierde en la burocracia la
intentona de robarse el dinero de las pruebas.
La junta de control ficticia (JCF) protesta los salarios de la plebe y
las pensiones de los ancianos, pero no habla ni dice nada sobre los sueldos
pornográficos de los políticos, asesores, consultores, de los propios miembros
del ente y de todos sus allegados e hijos talentosos; y nosotros… (al menos yo) víctima de la coma
inducida cada cuatrienio.

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