martes, 7 de mayo de 2013

El regreso

por  Luis A. Pérez Rivera


         
El frio calaba los huesos, a pesar del tumulto del cuarto.  Las narices rojas goteando, los ojos hinchados y los labios enmudecidos.  El elocuente silencio impregnaba las paredes del lugar y las miradas solo observaban su yo interior.  No me atrevía mirarle su frágil cuerpo, su cara con la boca y los ojos tan abiertos y plegados por donde se escapaba la vida.  Su respirar entrecortado, mostraba el dolor que el cuerpo debe soportar.  Era la última de 10 diez hermanos, tenía 85 años.  Se sentía sola, pues no quedaba nadie de su tiempo, me había dicho cuando aún podía hablar.   Ahora, apenas unos gruñidos salían de su boca para llamar la atención cuando necesitaba agua o que la cambiaran de posición.

Los presentes trataban que sus ojos no se cruzaran con los de ella.  Transmitían dolor, angustia y desesperación.  Eran los emisarios de lo que sentía.  La miré fijamente tratando de absorber su dolor, quitarle aunque fuera por unos segundos la agonía que vivía, y una lagrima, solo una, resbalo por su mejilla.  La luz del cuarto se reflejó en la gota que descendía y cual gigante espejo, atrapó y multiplicó la luz del lugar, segándome parcialmente y transportándome a sus años más felices.

Su cuerpo se achicó, la cama desapareció.  Las paredes de concreto se esfumaron mostrando el verdor del campo.  Su cuerpo, antes en posición fetal, se incorporó.  Yo absorto ante esa transformación quedé sin habla; ella corrió hacia mí, trate de detenerla para que no me tumbara cuando su cuerpo atravesó el mío.  Riendo y con el brillo de la vida en sus ojos, volteé y espantado por lo ocurrido observé como el camino era de tierra y el polvo se levantaba con cada paso que daba.  Los arboles a cada lado del camino presentaban una sombra perfecta.  Y la fresca brisa movía las miles de hojas que construían el túnel del camino en el que nos encontrábamos. 

Nadie me veía, era como un fantasma del futuro en tiempo pasado.  Todo era a color, no como en las fotos donde solo se ve blanco y negro. Las cosas viejas se veían muy nuevas, las carretas, las casas y la gente.  Le seguí hasta la parte posterior de un ranchón enorme de donde sacó de debajo de las escaleras una lata y de ahí sacó una caja.  Al abrirla tomó un lápiz labial, trapo y unos tacos.  Cuidadosamente mirándose en el reflejo de la lata se pintó los labios, se colocó el trapo en los senos y se puso los zapatos de tacón alto.


Luego, con aires de gente grande caminó por la acera y entró en la fábrica de tabaco. Se dirigía a su empleo, era su segundo día de trabajo; tenía 12 años.  Era un espacio enorme, muchas mesas y sillas ocupadas por mujeres principalmente que, ante la crisis tenían que completar el sustento en el hogar.  En la pared del frente había un calendario con un 16 en rojo.  El 16 de julio de 1929.  Presurosa se sentó cuando Don Roberto le llamó y con el ceño fruncido le preguntó:

             - ¿Qué edad tienes?, preguntó Don Roberto.

- 19, respondió.

- ¿Sí?, Mira no me molesta que quieras trabajar, pero no mientas. Te daré otra oportunidad. ¿Qué edad tienes?

- Con la mirada hacia el suelo susurró, 12.

- No puedes, trabajar.

- Pero, Don Jacinto me dejó, el me vio ayer y le parecí grande, además, lo necesito. Usté sabe. De que me voy a alimentar.

- Mira niña, Jacinto es un viejo sentimental y si fuera por él les pagaría aún sin trabajar.  Además, si los inspectores te ven; me cierran la fábrica. Hagamos algo, quítate el montón de pintura que tienes en la cara y bájate de esos zapatos que son más grandes que tú y toma la lata de donde los sacaste, la llenas de agua y la colocas al lado de tu lugar de trabajo. Si vienen los inspectores te pones a repartir agua. ¿Está bien?

Sus ojos se iluminaron, tenía el trabajo.  Corriendo hizo lo que Don Roberto le dijo y se sentó a despalillar tabaco.  Mientras Don Roberto caminaba cruzó miradas con Jacinto y entre sonrisas y un guiño de ojos, sellaron la complicidad de que aun violando la ley sabían que hacían lo correcto.



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Luis A. Pérez Rivera – Nació el 16 dejulio de 1971 en Rio Piedras PR. Natural del pueblo de Cataño, donde cursó sus grados primarios.  Finalizó su bachillerato y maestría en la UPR de Rio Piedras. Labora como voluntario en la Asociación de Lideres Escutistas y en la tropa 168.  Es el guionista de la Obra de Semana Santa en el Barrio Amelia.

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