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miércoles, 8 de abril de 2020

¡Al Hermano por adopción y fervor, Luis Pérez!

por Eric Landrón

Brindo por un ser inagotable, solar y conmovedor,
Hombre de bien y de una sola pieza entrañable,
Padre fuera de serie como el que más,
Esposo cabal y campeador,
Compañero puntual y amable
en las buenas, en las malas y en las peores.

Brindo por un titán de lo cotidiano,
Generoso a la carta de los demás
en cuya sonrisa a vuelta redonda y carrusel
(apacible, acogedora y relampagueante)
el dolor era menos dolor,
y el afán menos afán.

Brindo por el ser infaltable y leal,
que prestaba su oído al implicado semejante
sin libreta de cobros ni sobregiros de intereses
solo para escucharte a la buena de la ternura y el respeto
y darte una palmadita de alegría en el hombro de tu alma
y en alma de tu hombro.

Brindo por el humorista ágil, juguetón e inteligente,
El de la sonrisa trueno y cómplice,
El que aprendió a nunca quejar,
El valiente entre los valientes,
El soldado de fila para el siempre estar.

Brindo por un patriota amurallado del día a día,
que como el Cid de las leyendas
o el Xavier de los Xs Men
cabalgaba en una silla de ruedas
desafiando sinsabores como un superhéroe 
que a diferencia del Profesor Xs
(cuyo dominio liberaba su poderosa mente)
Luis Pérez, desataba su corazón vencedor y puro,
Su mayor poder, mimo y reciedumbre de influjo.

Brindo hermanos y hermanas que aquí dolemos
hasta los huesos
por este Boricua en mayúscula
que hoy regresa al dominio de los luceros,
Por haber dado luminiscencia en la vida a manos llenas,
Por habernos tocado y retocado
con la eternidad de su halo de luz, imbatible y recio,
¡Dínamo, amoroso, coautor e indomable!


Que viva, viva y viva, Luis Pérez,
Amado hermano, hermano amado,
Siempre en nosotros
como nosotros en sus Siempre.


¡In Memoriam... a tres meses de su trascendencia!  Al amigo, hermano y gran ser humano, Luis Pérez, con el cual tuvimos el privilegio de coincidir en este plano, y aspiramos a coincidir en el próximo; dedicamos este pequeño espacio y humilde homenaje.  Vayan para él y para su familia siempre, nuestros respetos.
Caronte Campos Elíseos

lunes, 20 de enero de 2020

Recibimiento

por  Caronte Campos Elíseos


He sido convocado por una multitud para dar la bienvenida a esta dimensión del inframundo, y con la distinción que se merece, a un gran ser humano.  Hoy su alma transita por estos lares sin oraciones, óbolos y mucho menos penitencias.  Ha ganado su viaje hacia los Campos Elíseos por mérito propio, vida, obra y milagros.  No necesita indulgencias, rezos ni ofrendas para su entrada triunfal al paraíso.  Colaborador de este espacio, Luis A. Pérez Rivera, fue en vida lo que todo ser humano debe aspirar a ser antes de transcender a este plano.  

Buen hijo, mejor esposo, excelente padre, con gran sentido de amistad y familia.  Humanista, creyente, luchador incansable, no solo de sus propias batallas, sino también de las de los más desventajados.  A pesar de haber sido confinado a una silla de ruedas, avanzó a pasos agigantados hacia la consecución de sus metas y propósitos de vida personales, familiares y comunitarios.  Líder de comunidades que lo seguían por su compromiso y carisma; las cuales dirigía con sabiduría, empatía y su firme creencia en la justicia social.  Critico de un sistema que lo abandonó a su suerte desde temprana edad, demostró que se puede combatir y derrotar al mismo sistema, no solo con palabrerías, más bien con tenacidad, ejemplos y acciones concretas. 

Hoy, el mismo sistema que tanto combatió, lo empuja con desidia e inquina a nuestros brazos.  Lo recibimos con la certeza de que en su caminar por la tierra, ganó el gran maratón; que es una vida digna, dedicada y fiel a una ética, principios, valores e ideales.  Pero sobre todo con una Fe, que lo mantuvo y lo mantendrá de pie en nuestros corazones.  

 ¡Levántate y anda!    
   

miércoles, 21 de enero de 2015

¿Las fiestas de todos?

por Luis A. Pérez


Mi nombre es Luis A. Pérez.  Quedé parapléjico hace 18 años y hace más de 20 no iba a una fiesta de la calle San Sebastián. Muy buena organización para movilizar las personas.  Incluso aquellas con impedimentos como yo que ambulo en silla de ruedas.  Decidí ir por la invitación pública que hizo la alcaldesa Carmen Yulín, de que eran "las fiestas de todos". El domingo 18 de enero me puse en marcha con mi familia hacia La ciudad patria. No obstante me sentí excluido y sin patria; en el momento que necesité utilizar el servicio sanitario.  Ahí caí en cuenta que no eran las fiestas para todos. Los baños portátiles estaban sobre la acera (sin rampa).  Al no poder utilizarlos entré en el cuartel de Bayajá y en el baño para varones no cabía porque la doble puerta no abría una de sus hojas, así pues me dirigí en busca de otro baño. 

El caballero que custodiaba el próximo baño estaba despachando a un ciudadano que deseaba utilizarlo aduciendo que era el baño exclusivo de los artesanos. Cuando el caballero se movió, introduje mi silla de ruedas a través del angosto pasillo entre artesano y artesano y le expliqué mi situación; le explique que no cabía en ninguno de los otros baños y que por mi condición de paraplejia me subía la presión debido a la disreflexia autonómica (condición que tienen todos las personas que sufren de daño al cordón espinal), le expliqué que yo me caterizaba y que tenía mi “kit” conmigo, solo necesitaba una esquinita privada para hacerlo. El caballero que custodiaba el baño me dijo que no me podía ayudar, que no podía utilizar el baño y fue más allá cuando al verme con una cerveza en la mano me invitó a que no consumiera bebidas para que así orinara menos.  Le di las gracias y solo le dije que me conmovía hasta las lágrimas su empatía.

Cuando lo que realmente debí hacer fue, llamar la policía y denunciar la violación de acomodo razonable.  Con la ayuda de una esquina, un paraguas, mi esposa e hijos de 12 y 8 años, imité sin caerme al personaje que corrió por las redes sociales haciendo sus necesidades en público.  Pensé por un momento no escribir ni denunciar al empleado prepotente cuyo trabajo ese día era custodiar la puerta de un baño, pero... ¿a cuantas personas le atropellan sus derechos?, empleados prepotentes que no saben cuántas leyes federales están violando porque tienen un poco de poder ese día.  Ese individuo violó mi derecho a un acomodo razonable para algo tan simple como ir al baño.  Mi intención al exponer este asunto públicamente es que adiestren al personal que va a trabajar con el público en eventos como este para que si sean "las fiestas de todos".

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Luis A. Pérez Rivera – Nació el 16 dejulio de 1971 en Rio Piedras PR. Natural del pueblo de Cataño, donde cursó sus grados primarios.  Finalizó su bachillerato y maestría en la UPR de Rio Piedras. Labora como voluntario en la Asociación de Lideres Escutistas y en la tropa 168.  Es el guionista de la Obra de Semana Santa en el Barrio Amelia.

martes, 7 de mayo de 2013

El regreso

por  Luis A. Pérez Rivera


         
El frio calaba los huesos, a pesar del tumulto del cuarto.  Las narices rojas goteando, los ojos hinchados y los labios enmudecidos.  El elocuente silencio impregnaba las paredes del lugar y las miradas solo observaban su yo interior.  No me atrevía mirarle su frágil cuerpo, su cara con la boca y los ojos tan abiertos y plegados por donde se escapaba la vida.  Su respirar entrecortado, mostraba el dolor que el cuerpo debe soportar.  Era la última de 10 diez hermanos, tenía 85 años.  Se sentía sola, pues no quedaba nadie de su tiempo, me había dicho cuando aún podía hablar.   Ahora, apenas unos gruñidos salían de su boca para llamar la atención cuando necesitaba agua o que la cambiaran de posición.

Los presentes trataban que sus ojos no se cruzaran con los de ella.  Transmitían dolor, angustia y desesperación.  Eran los emisarios de lo que sentía.  La miré fijamente tratando de absorber su dolor, quitarle aunque fuera por unos segundos la agonía que vivía, y una lagrima, solo una, resbalo por su mejilla.  La luz del cuarto se reflejó en la gota que descendía y cual gigante espejo, atrapó y multiplicó la luz del lugar, segándome parcialmente y transportándome a sus años más felices.

Su cuerpo se achicó, la cama desapareció.  Las paredes de concreto se esfumaron mostrando el verdor del campo.  Su cuerpo, antes en posición fetal, se incorporó.  Yo absorto ante esa transformación quedé sin habla; ella corrió hacia mí, trate de detenerla para que no me tumbara cuando su cuerpo atravesó el mío.  Riendo y con el brillo de la vida en sus ojos, volteé y espantado por lo ocurrido observé como el camino era de tierra y el polvo se levantaba con cada paso que daba.  Los arboles a cada lado del camino presentaban una sombra perfecta.  Y la fresca brisa movía las miles de hojas que construían el túnel del camino en el que nos encontrábamos. 

Nadie me veía, era como un fantasma del futuro en tiempo pasado.  Todo era a color, no como en las fotos donde solo se ve blanco y negro. Las cosas viejas se veían muy nuevas, las carretas, las casas y la gente.  Le seguí hasta la parte posterior de un ranchón enorme de donde sacó de debajo de las escaleras una lata y de ahí sacó una caja.  Al abrirla tomó un lápiz labial, trapo y unos tacos.  Cuidadosamente mirándose en el reflejo de la lata se pintó los labios, se colocó el trapo en los senos y se puso los zapatos de tacón alto.


Luego, con aires de gente grande caminó por la acera y entró en la fábrica de tabaco. Se dirigía a su empleo, era su segundo día de trabajo; tenía 12 años.  Era un espacio enorme, muchas mesas y sillas ocupadas por mujeres principalmente que, ante la crisis tenían que completar el sustento en el hogar.  En la pared del frente había un calendario con un 16 en rojo.  El 16 de julio de 1929.  Presurosa se sentó cuando Don Roberto le llamó y con el ceño fruncido le preguntó:

             - ¿Qué edad tienes?, preguntó Don Roberto.

- 19, respondió.

- ¿Sí?, Mira no me molesta que quieras trabajar, pero no mientas. Te daré otra oportunidad. ¿Qué edad tienes?

- Con la mirada hacia el suelo susurró, 12.

- No puedes, trabajar.

- Pero, Don Jacinto me dejó, el me vio ayer y le parecí grande, además, lo necesito. Usté sabe. De que me voy a alimentar.

- Mira niña, Jacinto es un viejo sentimental y si fuera por él les pagaría aún sin trabajar.  Además, si los inspectores te ven; me cierran la fábrica. Hagamos algo, quítate el montón de pintura que tienes en la cara y bájate de esos zapatos que son más grandes que tú y toma la lata de donde los sacaste, la llenas de agua y la colocas al lado de tu lugar de trabajo. Si vienen los inspectores te pones a repartir agua. ¿Está bien?

Sus ojos se iluminaron, tenía el trabajo.  Corriendo hizo lo que Don Roberto le dijo y se sentó a despalillar tabaco.  Mientras Don Roberto caminaba cruzó miradas con Jacinto y entre sonrisas y un guiño de ojos, sellaron la complicidad de que aun violando la ley sabían que hacían lo correcto.



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Luis A. Pérez Rivera – Nació el 16 dejulio de 1971 en Rio Piedras PR. Natural del pueblo de Cataño, donde cursó sus grados primarios.  Finalizó su bachillerato y maestría en la UPR de Rio Piedras. Labora como voluntario en la Asociación de Lideres Escutistas y en la tropa 168.  Es el guionista de la Obra de Semana Santa en el Barrio Amelia.