por Caronte Campos Elíseos
Tengo que comenzar por admitir que estoy enamorado. Mejor dicho, estoy enamorado nuevamente. Algo que pensé nunca volvería a vivir. Después de tanto tiempo, he conocido la mujer de mi vida, la mujer perfecta. Más allá de su apariencia seductora, sus caricias dolorosas y palabras venenosas, ella me complementa. La conocí en una noche de locura y desenfreno, pero siento que la amo. Pero bueno, para bien o para mal ya estamos en el proceso de amueblar nuestro humilde hogar y hemos decidido pasar el resto de nuestra existencia juntos. Hasta el final de los tiempos. Muchos de ustedes se preguntarán qué cosa tiene está mujer que logró conquistar mi corazón ya detenido por tantos años en tan solo cuatro semanas. Y es que esta maravilla de mujer me abrió los ojos a muchas cosas que, dentro de mi intensa esquizofrenia, no había yo visualizado ni entendido. Con su lengua viperina me dio la terapia que necesitaba para aceptar las realidades en las que vivo engolfado.
Tengo que comenzar por admitir que estoy enamorado. Mejor dicho, estoy enamorado nuevamente. Algo que pensé nunca volvería a vivir. Después de tanto tiempo, he conocido la mujer de mi vida, la mujer perfecta. Más allá de su apariencia seductora, sus caricias dolorosas y palabras venenosas, ella me complementa. La conocí en una noche de locura y desenfreno, pero siento que la amo. Pero bueno, para bien o para mal ya estamos en el proceso de amueblar nuestro humilde hogar y hemos decidido pasar el resto de nuestra existencia juntos. Hasta el final de los tiempos. Muchos de ustedes se preguntarán qué cosa tiene está mujer que logró conquistar mi corazón ya detenido por tantos años en tan solo cuatro semanas. Y es que esta maravilla de mujer me abrió los ojos a muchas cosas que, dentro de mi intensa esquizofrenia, no había yo visualizado ni entendido. Con su lengua viperina me dio la terapia que necesitaba para aceptar las realidades en las que vivo engolfado.
Mientras
observábamos nuestra hermosa casa, estuvimos hablando largo tiempo, casi
eterno, de la famosa Junta de Control Fiscal.
Yo le expresaba mi sentir como puertorriqueño y el repudio visceral que
tengo hacia la tan anunciada intervención federal. Ella, mientras acomodaba la decoración ancestral,
me dictaba su discurso racional sobre el tema.
Admito que mientras escuchaba semejante diatriba la cabeza me daba
vueltas, sentía náuseas y me poseía el delirium tremens. Pensaba en todo lo que
significa para este pueblo, el hecho de que extranjeros administren nuestra
vida. Ni el gobernador ni nuestros
legisladores tendrían injerencia en ninguno de nuestros asuntos medulares. Con un pais en quiebra financiera nuestros
dirigentes no podran actuar en favor del pueblo. Pensaba en lo humillante, literalmente, que
puede ser que controlen toda nuestra economía, finanzas, política, y las leyes
que rigen nuestra vida como sociedad.
Sin mencionar las consecuencias directas de semejante abuso de poder. Entre estas se mencionan la posibilidad de
que miles de puertorriqueños pierdan sus empleos; que otros miles de
trabajadores pierdan derechos laborales adquiridos; que los nuevos miembros de
nuestra fuerza laboral reciban menos del salario mínimo federal; que los
hogares de cientos de miles de familias pierdan valor en el mercado; entre
otras medidas más leoninas.

La
desesperación me hacía gritar como poseso por la desesperanza. Pero ahí estaba ella. Dispuesta siempre a rescatarme de esa
oscuridad mental provocada por la ignorancia.
Sus palabras son para mí como esa luz al final del túnel, que ilumina mi
ceguera intelectual. Entendí entonces
muchas cosas, muchas de ellas tan evidentes como las diferencias entre el sol y
la luna. Los gobernadores de esta isla
(desde el primer español hasta el último criollo) ni las legislaturas (en toda
nuestra historia) se han preocupado nunca por nuestro progreso como nación. Todos son igualmente responsables de la deuda
de magnitudes imperiales. Muchos de
ellos continúan sus vidas de condes y emperadores pegados como parásitos al presupuesto
del pueblo. Los políticos modernos solo
piensan en el medro personal y en el de sus allegados. Nunca se han preocupado por el desarrollo político,
económico y social de sus constituyentes.
Eso les vale. No hizo falta la
junta para que el gobierno despidiera entre 13,000 a 30,000 empleados, entre
despidos directos e indirectos.
Contribuyendo al crecimiento de la tasa de desempleo hasta casi un
18%. Tampoco hizo falta la junta para
arrebatarle derechos adquiridos a los maestros, empleados públicos y a los
retirados. Puerto Rico siempre ha
utilizado como medida de pago el salario mínimo federal. Salario que al sol de hoy no alcanza para
cubrir las necesidades más básicas y apremiantes de una población sumida en una
calidad de vida deplorable. Todos los
hogares en este país vieron devaluadas sus viviendas con la crisis de los
bienes raíces en los Estados Unidos. El
que menos perdió en ese momento crítico, perdió hasta $30,000. La quiebra que vive la isla estrella es una
ficticia; se han robado todo dejándolo en la deuda para la posteridad. Todo esto actuando impunemente, amparados en
la inmunidad parlamentaria de los mal llamados honorables. Tampoco hemos necesitado intervención de
alguna junta para que todas las epidemias y enfermedades nunca conocidas hayan
tenido su génesis en Puerto Rico. Y la
justicia de este país, esa está totalmente desterrada de nuestra tierra.

El hecho de que se esté discutiendo tal oprobio, es evidencia de que el "Status Quo" es una falsa consentida. Ese simple desvelo sería ya para nosotros ganancia. Y si de paso, este pueblo despertare de esa ataraxia que lo domina y la abulia que lo agobia, tendremos entonces un futuro brillante. Podremos nosotros todos decir: lo mejor está por venir. Realizaremos que no necesitamos políticos corruptos y oportunistas, partidos políticos que manipulen masas de fanáticos, y mucho menos poderes ultramarinos que controlen nuestro destino. Esto únicamente será posible cuando levantemos y organicemos la nación para el rescate de su propia soberanía.
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