por Caronte Campos Elíseos
En las últimas semanas he sentido a mi alrededor presencias sobrenaturales. Dada mi condición de “situs inversus”, no puedo exponer mi corazón a ese tipo de experiencias. Por tal motivo, decidí entrar en algún proceso natural y profesional de catarsis. En teoría, la idea era abstraerme de la realidad (al menos de esa realidad en mi cabeza) y expulsar de mi mente esos personajes inexistentes que siempre me acompañan. No es que me molesten, pero siempre que conversamos solos, andan creando fantasmas y realidades que no son verdaderas. Me tomé la libertad de salir a la calle en busca de alguna señal que arrojara luz al final del túnel. ¡Al fin!, pensé, al llegar al lugar que parecía ser el indicado. Un local relativamente pequeño y oscuro, lleno de velas y figuras. Con un olor peculiar, una imagen de una virgen vestida de rojo y blanco en la entrada, y un letrero que leía: “Awofaka e Ikofa, Manos de Orula”.
En las últimas semanas he sentido a mi alrededor presencias sobrenaturales. Dada mi condición de “situs inversus”, no puedo exponer mi corazón a ese tipo de experiencias. Por tal motivo, decidí entrar en algún proceso natural y profesional de catarsis. En teoría, la idea era abstraerme de la realidad (al menos de esa realidad en mi cabeza) y expulsar de mi mente esos personajes inexistentes que siempre me acompañan. No es que me molesten, pero siempre que conversamos solos, andan creando fantasmas y realidades que no son verdaderas. Me tomé la libertad de salir a la calle en busca de alguna señal que arrojara luz al final del túnel. ¡Al fin!, pensé, al llegar al lugar que parecía ser el indicado. Un local relativamente pequeño y oscuro, lleno de velas y figuras. Con un olor peculiar, una imagen de una virgen vestida de rojo y blanco en la entrada, y un letrero que leía: “Awofaka e Ikofa, Manos de Orula”.

Con una voz
fuerte, varonil y de ultratumba comenzó a gritarme. Yo no podía ni siquiera respirar, mucho menos
moverme. Parecía estar pegado a la silla
de madera por una especie de pegamento hediondo que mi cuerpo expulsaba
involuntariamente. Comenzó una fuerte
diatriba en contra mía.
Su perorata
se limitó a proferir improperios hacia la raza humana en general.
- “De tiempo inmemorial la
humanidad ha creído la falacia del libre albedrío. Siempre han tenido la creencia de poder hacer
lo que mejor les parezca, cuando mejor les parezca. Incluso piensan que eso que conocen como
libertad les pertenece por derecho natural.
Nada más lejos de la realidad. Siempre
el hombre ha consentido esquemas que le privan la verdadera libertad. Siempre encadenados y prisioneros a sistemas
que promueven la ventajería de unos, y el sometimiento de otros. No han aprendido que detrás de toda acción,
hay una intención. Peor aún, en
ocasiones las aceptan como buenas sin importar sus consecuencias.
Trastornado
por lo que estaba escuchando, no podía reaccionar. El humo, los inciensos, los ruidos, todo me
mantenía en total inmovilidad. Mientras
la mujer de blanco temblaba en su mecedora con los ojos completamente blancos,
la siniestra voz continuaba fustigando.

Ya al borde
de una depresión inconsciente por tanta verborrea, intento salir huyendo. Estoy paralizado. Mi mente quiere sacarme de esa catacumba,
pero mi cuerpo era rehén de aquel espíritu maligno al cual yo intentaba
identificar. La santera daba brincos en
el piso mientras su cabeza giraba y el ente del más allá no paraba de flagelar
la humanidad en su discurso.

Totalmente
perturbado emocionalmente por toda esta situación, volteé la mesa bruscamente. Las velas encendidas rodaron junto al cigarro
de la bruja. La mujer se prendió en
fuego cual pira funeraria con todo y traje blanco. Ahora se retorcía en el suelo. No sé si por tener el muerto adentro o por
las ardientes llamas. Me persigné y salí
huyendo conturbado por las expresiones de esa ánima en pena. Nunca supe de quien era aquel malhumorado
espíritu. Al salir de la botánica
encontré en la carretera un dólar americano.
En el mismo sobresalía el rostro de, Abraham Lincoln.
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