viernes, 22 de agosto de 2014

Hipocresía Social

por Angel Parrilla


La muerte autoinfligida de una persona, mejor conocida como suicidio, puede analizarse de múltiples maneras.  Como yo veo las cosas, puede incluso llamarse homicidio social.  Soy una persona que lamenta todas las muertes, sin hacer distinción de persona.  Es por ese motivo que escribo sobre este tema.  La reciente muerte del famoso actor, Robin William, ha provocado en mí ciertos pensamientos.  Ver como el mundo se ha manifestado sobre la partida voluntaria de este mundo de Williams, me ha llevado a analizar y concluir algunas teorías. También me ha causado decepción, frustración, y hasta cierto punto, coraje.  Nada que ver en lo absoluto con el caso particular de Williams.  Más bien, algo generalizado.  Como escribí en líneas anteriores, soy del tipo de gente que lamenta todas las muertes, y quizás por tal razón miro siempre más allá de mis propias fronteras.  La inmensa mayoría de las personas que hoy lamentan la muerte del actor favorito de muchos,  han guardado silencio en lo relacionado a otras muertes.  Muchos de los que en estos casos su primera expresión  es clamando a Dios y a otros tantos dogmas religiosos, parecen no estar enterados de ciertos eventos, locales e internacionales, donde reina la muerte.  Al menos esa es la impresión que da su silencio, apatía o indiferencia.  Cualquiera que sea el caso, no deja de ser triste y lastimoso.  Mientras los puertorriqueños se desbordan en sentimientos de pésame por el intérprete de, Patch Adams, las cifras de suicidios en la isla continúa en aumento y las muertes en nuestras calles las inundan de sangre.  Ante este panorama muchos escogen la enajenación y se toma por normal y bueno que ese fenómeno se esté desarrollando en nuestro vecindario diariamente.  Paralelamente, todo el orbe parece ignorar las crueldades de las guerras, las invasiones, las pandemias y los genocidios.  

La libertad personal nos permite preocuparnos y ocuparnos de lo que mejor nos parezca.  Pero cada uno tiene que cumplir una responsabilidad social indelegable.  Responsabilidad que va más allá de las leyes y de lo establecido jurídicamente.  Incluso va más allá de los valores que pueda inculcar cualquier religión en su filosofía dogmática.  Se trata de la naturaleza, la moral y la razón de cada ser humano.  Me parece poco sincero expresar dolor y condolencia   sobre la muerte de un individuo, cuando nos hacemos de la vista larga en las demás instancias.  Instancias donde la muerte arropa y desuela pueblos y naciones enteras, incluida la nuestra.  Los recientes ataques a Irak, los bombardeos incesantes en Gaza, la epidemia del Ebola en África, la guerra infinita en Afganistán, las muertes buscando calidad de vida, en las fronteras de tantos otros países, son sólo algunos de los escenarios que cobran vidas de inocentes a diario.  No quisiera que me mal interpreten. No quiero decir que no se realicen ni se manifiesten, o que se contengan  las expresiones de duelo por Robin Williams y tantos otros que han aportado con sus respectivos talentos a la sociedad.  Lo que realmente quiero decir es, ¿por qué no hacerlo en todos los casos con la misma intensidad, fervor, indignación o cualquier otro sentimiento que emane de la moralidad pura de cada ser humano?  Todos, en su momento, hemos actuado con esta hipocresía social.

Todo lo anterior me lleva inevitablemente a evaluar si existe diferencia entre homicidios, asesinatos y suicidios. Sin querer entrar en cantidades que puedan ser consideradas masacres, exterminios, genocidios u holocaustos.  A mi parecer, la única diferencia entre estos es el mecanismo utilizado para efectuar el arrebatamiento de la vida a otra persona.  Y es que me parece que, como sociedad, somos igualmente responsables de velar por el bien común, lo que nos lleva a ser, tácitamente, cómplices de cada atentado violento contra la vida, incluso la propia.  Somos cómplices en la medida que consentimos, callamos o simplemente ignoramos la realidad de nuestro prójimo.  Más aún si pasamos de ser meros cómplices a ser activos colaboradores del detrimento social que nos afecta a todos como comunidad.  Al final del día, eso es lo que se refleja en la alta incidencia criminal que nos azota, sin entrar en el detalle de las mil y una maneras en que contribuimos a tal deterioro generalizado.  En la medida que una persona desarrolla tendencias delictivas; o se ve inducido a delinquir; o lo hace sin intención ni alevosía; o simple y llanamente se siente acorralado por las circunstancias sin encontrar más salida o refugio que la propia muerte; todos somos, moralmente como colectivo, igualmente responsables.
    
Concluyo mi análisis con la siguiente premisa: “cada asesinato, cada homicidio, incluso cada suicidio, es en realidad una muerte socialmente provocada”.  Ya sea de pensamiento, palabra, obra u omisión, somos responsables del estado actual de nuestra sociedad.  Quizás por indiferencia, apatía, enajenación, ignorancia, desinterés, o desidia, todos pecamos de hipocresía social.  Siendo esto último mutuamente excluyente con los valores realmente cristianos. 

¡Que Dios se apiade de nosotros y que descansen en paz y nos perdonen todos nuestros muertos, incluyendo a Robin Williams!       

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Angel L. Parrilla López - Nació en Rio Piedras.  Natural de Cataño, del Barrio Amelia, donde cursó toda su vida escolar.  Tiene un Bachillerato en Recursos Humanos, y una Maestría en Gerencia.  Por más de 20 años, fungió como Servidor en la comunidad, y asesor del Grupo de Jovenes Parroquial.

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