Siguiendo
los consejos de un amigo de la infancia, Von
Willebrand, decidí retirarme para hacer una sabática. Me había recomendado una región al centro de
Rumania, donde hay hermosos castillos perfectos para el retiro. Al llegar al lugar noté que estaba
prácticamente deshabitado. Solo un pobre
y longevo hombre encontré en las cercanías.
Este me dijo que ese lugar había sido olvidado por dios, y que había
llegado al final de la historia. También
me comentó que en ese sitio despoblado ya no queda rastro de vida ni gota
alguna de sangre. En pocas palabras me
dijo: "Aquí ya no existe la humanidad". Siempre me ha parecido curioso que el ser
humano invente toda clase de historias para escenificar el fin del mundo. Cuentos, leyendas, relatos, armagedones y
hasta apocalipsis, forman parte del imaginario colectivo sobre el final del
mundo. “Hollywood”, los Mayas, la
ciencia, las religiones, y alguno que
otro necrófilo (como lo soy yo), tienen sus versiones personales sobre el tema. Para mí (que no acostumbro ser muy realista),
la realidad es que el mundo, así como lo conocemos, está en las postrimerías de
su existencia. Ciertamente, en esta
coyuntura histórica ya existen muchos mundos personales o individuales que, de
alguna manera u otra, se han derrumbado o han terminado.


Mientras
este tétrico panorama pasa por mi mente, escucho unos fuertes golpes en la
puerta principal. Caminando a oscuras
por los pasillos, me dispongo a abrir.
Es el hombre misterioso del pueblo.
Me dice que me asegure de cerrar muy bien las puertas y ventanas del
motel. Quiero hacerle algunas preguntas,
como por ejemplo, ¿porque todo el lugar está a oscuras? ¿Porque no hay más nadie
en la ciudad? Sin mediar más palabras da
media vuelta y se retira. Vuelvo a la habitación,
no sin antes cerrar todo como indicara el siniestro personaje. Enseguida pienso que este hombre vive en su
propio mundo. Tal como lo hace cada
puertorriqueño y puertorriqueña. El
individualismo arraigado en cada corazón de los boricuas los ha llevado a vivir
en solitario. Es decir, a ninguno le
importa nada en lo absoluto que no sea de carácter personal. Cada uno vive encerrado en su propio mundo,
en su propia burbuja. Totalmente
indiferentes y aislados de las situaciones y realidades que afectan al universo
de los habitantes en la isla.
Esto se ve reflejado en el
comportamiento y en el pensamiento individual de cada uno. Todos viven ensimismados en sus propias
realidades. Las mismas que han sido
fomentadas sistemáticamente por los gobiernos, los gobernantes y sus
respectivas políticas. Tanto a nivel ultramarino
como a nivel local. Ya a ninguno le
importa lo que afecta al hermano, al vecino, ni a ningún otro
conciudadano. Se vive sin entender que
lo que golpea cada mundo personal, es lo mismo que embiste y estremece el macro
de la sociedad puertorriqueña. La época
de bonanza financiera, de vanguardia económica y tecnológica, de ser pioneros y
ejemplo para el resto del Caribe y las Américas, está en el pasado y en el
olvido. Actualmente las supuestas
ventajas que nos brindaba el estar asociados a la mayor potencia económica y
militar del orbe, han quedado desenmascaradas.
Vivimos un extremo deterioro de la calidad de vida, y eso es una
realidad generalizada.

Como
reacción en cadena, los servicios de las agencias públicas, o sea, del pueblo,
se encarecen. La luz (que dicen bajará
para el 2019); el agua (supuestamente potable según los estándares manipulados
de la EPA); la transportación publica (con su retrasos en rutas por horas); los
peajes (con sus carreteras privatizadas y caracterizadas, sumado a las vías
atestadas sin planificación), son ejemplos de cómo el invento de los términos
economía e inflación rinden sus frutos a los supuestos inversionistas sin
aversión al riesgo. Los mal llamados
grandes intereses (mega-tiendas, farmacéuticas, súper cadenas comerciales), los
empresarios y hombres de negocios, también tienen su turno en este juego
financiero. Utilizan su poder pecuniario
para manipular voluntades políticas débiles.
Con su sistemita de comprar conciencias, se aprovechan de las exenciones
contributivas, de los programas de reducción de gastos operativos (reembolso de
nóminas, descuentos en costos de energía y acueductos) y de las ventajas que
les ofrecen el actual derecho laboral, para
abusar impunemente de la fuerza trabajadora local. Este escenario transcurre ante la pasividad
de los puertorriqueños, que son los que lo sostienen con su jornada de trabajo
diaria y su aportación al estado. Al
menos los que se cuentan en la tasa de participación laboral, que actualmente
ronda le cuarenta y un porciento (41%), es decir, 1.2 millones de personas de
las 2,880,000 en edad productiva.

Despierto
algo mareado y atolondrado. Solo
recuerdo que tomé los medicamentos del frasco que ahora está vacío. Me siento débil y confundido. Me dispongo a salir a desayunar. El reloj marca casi las 11 de la mañana. Al salir encuentro justo en la entrada una
bandeja de comida. Solamente contenía un
pedazo de pan (algo viejo por cierto) y otra botella de la bebida autóctona del
lugar. Incluía una nota que decía que no
iba a encontrar mucho más si salía.
Supuse que era del único ser que he visto desde mi llegada. Mientras comía el suculento festín, pensaba
en cuanta gente en nuestra isla tiene menos de lo que yo estaba saboreando en
ese instante. La pobreza, el hambre, la
desesperación y la impotencia se han apoderado de los hogares boricuas. El efecto en la salud mental y emocional de
la población es inconmensurable. Para
colmo de males, la crisis afecta hasta el propio sistema de salud pública. Los servicios y las atenciones a los medico
indigentes son paupérrimos. Los hospitales
privados se niegan a recibir a los portadores de la tarjetita del
gobierno. La respuesta del estado,
secundando por los sistemas de comunicación y los medios de información masiva,
es bombardearnos con politiquerías y pendejerías partidistas. Los estudios televisivos se han convertido en
circos mediáticos. Nos entretienen con
espectáculos de la vampi, maripily, y ni hablar de la rosa de Guadalupe. Desviando la atención hacia temas en
apariencia apremiantes, como lo es la contaminación del agua y el aire, pero
que se utilizan como subterfugios para evadir responsabilidades por la
situación endémica del país.
Me
falta el aire y siento que me asfixio.
El reloj marca las tres de la tarde.
Salgo a caminar para despejar mi mente.
Diviso una especie de capilla religiosa (eso intuyo por la cruz en el
domo). Recuerdo las cosas que he leído
sobre el nuevo papa de la iglesia. Entro
con actitud sigilosa. No hay un alma en
el templo. Veo al apocado hombre que me
ha atendido todo este tiempo, frente a la mesa revestida de blanco que está
sobre las escalinatas. Con temor le
pregunto desde la distancia, ¿quién es?; ¿cuál es su nombre?; ¿su edad?; ¿por
qué no hay nadie más en el poblado? Me
contesta a través del sistema de sonido con una voz de ultratumba, que me vaya
tan pronto como pueda. Ni corto ni
perezoso, abandono el templo sagrado invadido por el miedo. Después de todo, nunca he sido un hombre de mucha fe.
Llego al hotel a toda prisa.
Cierro todo cuanto puedo, hasta con los viejos muebles intento obstruir
el paso por las puertas. Primera vez que
entro a una iglesia y tengo está espantosa experiencia. Me tranquilizo pensando que no se compara lo
sucedido con las experiencias de las víctimas de los sacerdotes pedófilos. Ellos sí fueron al edificio sagrado llenos de
fe y esperanzas, con deseos de servir, y se encontraron con que los
representantes de dios en la tierra, les hicieron vivir un infierno. Todo ese maltrato institucional que hoy
quiere esconderse detrás del derecho canónico.
Maltrato que muchos religiosos quieren solapar negándose a cooperar con
las autoridades civiles. Hasta cierto
punto es entendible, porque para estos testaferros del cielo la única justicia,
es la justicia divina.

Frustrado
el propósito del viaje por los mismos pensamientos desmoralizantes de siempre,
decido regresar a mi dulce hogar (muy parecido a este hospedaje). Recojo todas mis pocas pertenencias y me
dispongo a salir por la parte de atrás, para no ser visto por el siniestro
personaje del templo. Al abrir la puerta
encuentro una nota escrita en un papel por el tiempo amarillento. Escrita con una especie de tinta roja, leía
lo siguiente: "Von Willebrand es el verdadero responsable de la hemorragia
que sufrimos y la desolación que vivimos".
Enseguida recuerdo que fue él mismo el que me recomendó que viniera a
este lugar. No tengo la menor idea del
propósito de su invitación. Al momento
doy un salto y me llevo otro susto de mayor magnitud, cuando siento una mano
fría en mi hombro. Abro mis ojos llenos
de asombro. Acto seguido escucho la
macabra voz nuevamente que me dice: "¡Caballero, caballero, despierte! Su vuelo a Rumania ha despegado. Usted ha perdido su avión... y su avión se ha
perdido".
¡Levántate
y anda!
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