martes, 14 de enero de 2014

Grupos de referencia

por  Caronte Campos Elíseos


Después de mi última desilusión amorosa, me propuse comenzar el nuevo año con renovados bríos.  Acepte la posibilidad (aunque mínima) de que padezca algún desorden mental, espiritual o tal vez emocional.  Recordé entonces la sugerencia de un buen y viejo amigo que era sacerdote, de compartir con personas con la que tuviera cositas en común.  Lo llamo amigo no por ser sacerdote, sino por ser bueno (no digo por viejo, por si está leyendo en estos momentos).  Me dispuse entonces a buscar algún grupo de referencia con el cual pudiera compartir situaciones similares.  En la búsqueda, encontré un colectivo de poetas y escritores.  Me pareció una  buena elección ya que las personas con tendencias artísticas compartimos las mismas inquietudes (al menos en su mayoría).  Los contacté por las redes sociales y después de resumirles mi  caso (con cautela y solo lo pertinente), tuvieron la deferencia de invitarme a uno de sus famosos juntes. 

Algo excéntrico el grupo, decidieron pasear por el mismo centro de Rio Piedras.  Allí donde el progreso del Súper Tren parte por la misma mitad un casco urbano invadido por las pestes de desechos humanos, y la desolación provocada por  los grandes centros comerciales.  Una vez todos reunidos en el restaurante más cercano (el del rey de la comida rápida), comenzamos la “hora feliz”, la de la terapia grupal.  Pensé que por ser el invitado de honor y posible nuevo miembro (del adjetivo membresía) me tocaría el primer turno.  Para mi sorpresa no fue así.  Después de que los profesores universitarios, las bibliotecarias, los hombres de negocios y los frustrados empleados gubernamentales desahogaran sus penas, sus lamentos y sus resentimientos con el mundo, por fin llegó mi turno.  En este instante uno de los organizadores de aquel conclave, sugirió salir a observar los murales que decoran los edificios cercanos.  No me dieron tiempo para descargar mis angustias, esas que me mantienen en una depresión permanente.  No pude despotricar contra los causantes de mi esquizofrenia severa y de mi eterno desajuste mental.  No tuve más remedio que unirme a la caminata, con la esperanza de poder arremeter más tarde contra el gobierno, los políticos, el sistema y contra el cupido de las flechas envenenadas. 

Así que, luchando contra mi agorafobia crónica, me uní a la comitiva en su “inspirador paseo”.  Mientras ellos se elevaban en su viaje turístico y se perdían entre las pinturas sin finalizar, yo pensaba en las razones por las cuales fui a parar allí.  Casi llorando pensaba en la suerte que rodea los grupos de referencia a los que he pertenecido y a los que pertenezco.  Mientras transitaba por aquellas desniveladas aceras, recordaba el de los indios taínos.  Siento algún grado de pertenencia por este grupo, por obvias razones, pero no puedo borrar de mi mente todo lo que el sistema educativo nos enseña sobre ellos.  Viviendo a merced de las inclemencias del tiempo, haciendo trueques de buena voluntad, perseguidos por los hambrientos Caribes, y descubiertos por los españoles y el nuevo mundo, estos seres precolombinos se extinguieron (con un poco de ayuda de los recién llegados cristianos).  No sé si todas esas historias son completamente ciertas, pero sí puedo asegurar que los libros se han encargado de traernos los supuestos legados de esa raza desaparecida... la buena fe y la hospitalidad.  Para los efectos, estos seres indígenas siempre mostraron su lado pacifico (por no decir apendejao) ante las adversidades que enfrentaron.  Al menos eso es lo que perdura en nuestra historia colectiva y en nuestra psiquis.  Nunca sale a relucir la capacidad ingeniosa, trabajadora, adaptable, y mucho menos la capacidad militar y defensiva que poseían, en especial al defender su tierra de los carnívoros visitantes.  Amén de las habilidades para la organización y el sustento de todas las tribus.  Sin mencionar las sublevaciones contra los colonos blancos que amenazaban su supervivencia y agredían la moral de los anfitriones.

Mientras esos cuatrocientos años de falsas historias pasaban por mi mente como una película en blanco y negro (ironías de la vida), el gremio artístico hacía su siguiente parada en la librería de turno.  Luego de varios intercambios de impresiones sobre algunos libros y compartir opiniones sobre uno que otro escrito, pensé que habían llegado mis “quince minutos de fama”.  Nada más lejos de la realidad.  Los artífices de la palabra acordaron en el acto, continuar con su excursión por las calles hediondas de cuentos y leyendas urbanas.  Me tocó quedarme nuevamente con las palabras en la boca.  Igual que me quedé con tantas cosas en la punta de la lengua, aquella mañana cuando descubrí la verdad sobre mi amada. 

Salí tras el cortejo literario con mi complejo de inferioridad a flor de piel.  Las imágenes de otro de los grupos de referencia con los que me identifico, no paraban de pasar frente a mis ojos desvaídos. Los negros, encadenados, arrancados e importados desde su lejano hogar, traídos como objetos, como propiedad privada, con todas sus libertades restringidas por razones pseudoreligiosas.  La supremacía blanca haciendo galas de poder y hegemonía sobre una supuesta raza inferior.  Obligados a trabajos inhumanos, en condiciones infrahumanas, y alejados de todas sus costumbres y cultura.  Sometidos a la trágala, a una cristianización ininteligible.  Pensaba, mientras me acariciaban los inconfundibles aromas de calles, en lo poco que se habla de la resistencia negra.  De los intentos de sublevación por parte de los esclavos, de los intentos de mejor vida de los llamados cimarrones, de la lucha frontal contra la imposición de creencias y la supervivencia de (hasta nuestros días), de una religión protectora y esperanzadora.  Nos quedamos con las imágenes de las cadenas y el carimbo como símbolo de sometimiento.  Sin pensar ni considerar la resistencia férrea y la trascendencia de una raza duramente maltratada.

Una vez más, el clan de los ilustrados parece detenerse.  Esta vez frente a la estampa viviente de los tres reyes magos.  Con estos, ya eran cuatro los reyes visitados en la travesía.  La escena era patética.  La calle desolada, tres hombres disfrazados con la inocente convicción de preservar la tradición, siete adultos infantiles, y dos niñas ilusionadas.  Patética la escena no por lo pintoresca, sino más bien por la pobre y casi nula concurrencia.  Muestra evidente del Desapego cultural que nos arropa como país, como pueblo.  Ya ni siquiera por casualidad fomentamos las más emblemáticas tradiciones.  Ya involucrado en semejante espectáculo, me propongo aprovechar la presencia de los magos soberanos para ventilar las intimidades de mi caso (mis delirios, mis alucinaciones, mis complejos, mis desamores y desencantos).  Al final del día, esa es la razón verdadera por la que estaba allí.  No obstante me dispongo a comenzar mi oratoria, los creadores apalabrados retoman su ya cruel peregrinación.  Incluso, en un breve parpadeo, hasta los personajes barbudos habían desaparecido sin dejar rastro (hasta llegué a creer en sus poderes mágicos)

Superado finalmente el ataque de histeria y de llanto, corrí tras la cuadrilla de intelectuales.  A la vez que corría tras ellos, mi mente se ocupaba de asociar todo lo que me ocurría.  Llegó a mis pensamientos uno de mis grupos de referencia por los cuales siento gran deferencia.  Los criollos locales procedentes de la mezcla de las tres razas originarias.  Esos mestizos que nacieron de la mezcla de los desaparecidos taínos, los blancos invasores, y el actualmente “grupo protegido” (que en aquel entonces no lo era del todo), los negros esclavos.  Después de doce largos años pasando por las escuelas de este país, hoy conozco muy poco sobre estos nativos.  Solo tengo algunos leves recuerdos sobre las enseñanzas relacionadas con ellos.  Salidos del famoso encuentro de culturas, vivían en minoría en su propia tierra.  Forzados a sobrevivir trabajando la tierra en la que, siendo dueños, vivían como “arrimaos”.  Con pocas posibilidades de recuperar su propiedad, recibiendo como pago cupones de intercambio por cada jornada de trabajo.  Recibiendo todo el peso de la producción nacional, para obtener a cambio la comida diaria (lo que la iglesia llama desde entonces el pan nuestro de cada día).  Pero poco se habla sobre las revueltas de estos primeros boricuas en reclamo de sus derechos.  Se minimiza y se solapa con la “historia oficial”, las sediciones y conspiraciones con el fin de obtener la libertad que en su momento gozaron sus ancestros.  Se demonizan los hechos históricos que evidencian el hastío de una raza sometida por siglos a yugo extranjero.  Los gritos del pueblo (Lares, Jayuya, etc.) se acallan como siempre, con baile, la botella y baraja.

Fatigado por la larga carrera y empapado por la lluvia incensaste, diviso a la virtuosa bandada de escritores entrando a un restaurante italiano (pseudoitaliano, debo decir).  Este magnífico grupo de referencia que escogí para mi catarsis personal, y que se jactan de ser defensores de la cultura local, decidieron terminar su fantástico encuentro a lo "New York Style"… comiendo pizza.  Entre trozos de “pepperonis”, jarras de Coca-Cola y poetas con dieciséis porciones del suculento manjar en las costillas, las conversaciones fluctuaban entre lo más sublime de las fuerzas del Universo, hasta lo más burdamente mañosos del mercadeo capitalista.  Víctima del tedio y la desidia, me levanté de la silla bruscamente.  Poseso por la ira, comencé a decir todos los disparates que pasan por mi mente.  Inicié la perorata hablando del último grupo de referencia que vino a pensamiento, el puertorriqueño contemporáneo.  Si, ese en el que cabemos todos los que hemos heredado los defectos y virtudes de los primeros tres.  Pero que por razones puramente coloniales ha olvidado su verdadera historia, y la ha sustituido por la versión imperial. 

Nos hemos creído la leyenda de los indios mansos, de los negros resignados a las cadenas y de los criollos explotados por los grandes intereses.  Todo eso es lo que reflejamos en nuestra cotidianidad actual.  Aceptamos y consentimos, dócil y sumisamente, todos los abusos y atropellos que el sistema constitucional permite burdamente.  Nos dejamos domesticar por los medios de información masiva.  Nos sometemos libre y voluntariamente a los designios de los “tigres del sur” y los “blancos tiburones”.  Nos persignamos ante los mesías y los acaudalados pastores, a los que seguimos como ovejas ciegas camino al matadero.  Nos prestamos al mejor postor para seguir el juego de la autodestrucción y el autosabotaje.  Dejamos de ser los más hospitalarios, incluso con los paisanos.  Arrastramos las cadenas, ya no en los pies, sino en las mentes y en las almas.  Entregamos nuestra tierra y nos conformamos con lo poco que deje la explotación laboral como dádivas.  Mientras continuaba con mi fútil discurso, los desinteresados interlocutores comenzaron a abandonar el lugar.

Cegado aún por la rabia, yo continuaba mi alocución sin pausa.  Les decía que no tenemos remedio, que somos causa perdida.  Que en gran medida he perdido la fe en el sistema y en la humanidad, por causa de esa indiferencia general hacia nuestra realidad colectiva.  Por la apatía al conocimiento y por el miedo inmenso a reconocernos como descendientes de una mezcla de razas y culturas que nos puede hacer grandes.  Pero preferimos estar arrodillaos ante el extranjero y venderle al verdugo, por unas pocas monedas, nuestro propio hermano.  Incluso, señalamos, criticamos, y si es posible obstaculizamos a los que sí están dispuestos a reclamar sus derechos.  No somos capaces de luchar ni de asumir una actitud solidaria con los que hacen frente a las injusticias.  Por el contrario, no apoyamos ninguna causa que no sea la individual.  Sin entender que el hecho de que alguno se levante dignamente, eventualmente será nuestra reivindicación personal y colectiva.  Hasta que no recozamos en nuestra sangre la gallardía taína, la fortaleza y resistencia negra, y el valor de los criollos que tuvieron el coraje de elevar su grito, seguiremos encadenados a un pasado inventado, atados a una realidad ficticia.  Si no encontramos nuestro verdadero ADN, el futuro será implacable con las próximas generaciones de puertorriqueños adoctrinados. 



En ese instante de desahogo necesario, calmado ya por la tensión liberada, me percato de que todos en la mesa se habían marchado.  Dejaron solo las bandejas plateadas y los vasos con hielo en proceso descongelamiento.  Nuevamente siento en mi corazón una decepción muy similar a la que dejó mi querida y deseada Perséfone al marcharse aquella noche cruel.  Superado el desvanecimiento temporal, me dispongo a salir del lugar.  No sin antes recibir de manos del mesonero, la cuenta por pagar.

¡Levántate y anda!

2 comentarios:

  1. Muy interesante tu manera de exponer la triste realidad de nuestra Isla.

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  2. Si antes tenia sumo cuidado de encaramarme en la barca que conduce Caronte, luego de leer esta fantabulosa confesión, trataré en lo posible, aunque extrañe su buena compañía, de acercarme a él, so pena de quedar retratado otra vez en sus letras…

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