Después
de mi última desilusión amorosa, me propuse comenzar el nuevo año con renovados
bríos. Acepte la posibilidad (aunque mínima) de que padezca algún
desorden mental, espiritual o tal vez emocional. Recordé entonces la sugerencia de un buen y
viejo amigo que era sacerdote, de compartir con personas con la que tuviera
cositas en común. Lo llamo amigo no por
ser sacerdote, sino por ser bueno (no
digo por viejo, por si está leyendo en estos momentos). Me dispuse entonces a buscar algún grupo de
referencia con el cual pudiera compartir situaciones similares. En la búsqueda, encontré un colectivo de
poetas y escritores. Me pareció una buena elección ya que las personas con
tendencias artísticas compartimos las mismas inquietudes (al menos en su mayoría).
Los contacté por las redes sociales y después de resumirles mi caso (con
cautela y solo lo pertinente), tuvieron la deferencia de invitarme a uno de
sus famosos juntes.
Algo
excéntrico el grupo, decidieron pasear por el mismo centro de Rio Piedras. Allí donde el progreso del Súper Tren parte
por la misma mitad un casco urbano invadido por las pestes de desechos humanos,
y la desolación provocada por los
grandes centros comerciales. Una vez
todos reunidos en el restaurante más cercano (el del rey de la comida rápida), comenzamos la “hora feliz”, la de la terapia
grupal. Pensé que por ser el invitado de
honor y posible nuevo miembro (del
adjetivo membresía) me tocaría el primer turno. Para mi sorpresa no fue así. Después de que los profesores universitarios,
las bibliotecarias, los hombres de negocios y los frustrados empleados gubernamentales
desahogaran sus penas, sus lamentos y sus resentimientos con el mundo, por fin
llegó mi turno. En este instante uno de
los organizadores de aquel conclave, sugirió salir a observar los murales que
decoran los edificios cercanos. No me
dieron tiempo para descargar mis angustias, esas que me mantienen en una
depresión permanente. No pude
despotricar contra los causantes de mi esquizofrenia severa y de mi eterno
desajuste mental. No tuve más remedio
que unirme a la caminata, con la esperanza de poder arremeter más tarde contra
el gobierno, los políticos, el sistema y contra el cupido de las flechas
envenenadas.
Mientras
esos cuatrocientos años de falsas historias pasaban por mi mente como una
película en blanco y negro (ironías de la
vida), el gremio artístico hacía su siguiente parada en la librería de
turno. Luego de varios intercambios de
impresiones sobre algunos libros y compartir opiniones sobre uno que otro
escrito, pensé que habían llegado mis “quince
minutos de fama”. Nada más lejos de
la realidad. Los artífices de la palabra
acordaron en el acto, continuar con su excursión por las calles hediondas de
cuentos y leyendas urbanas. Me tocó
quedarme nuevamente con las palabras en la boca. Igual que me quedé con tantas cosas en la
punta de la lengua, aquella mañana cuando descubrí la verdad sobre mi
amada.
Una vez
más, el clan de los ilustrados parece detenerse. Esta vez frente a la estampa viviente de los
tres reyes magos. Con estos, ya eran
cuatro los reyes visitados en la travesía.
La escena era patética. La calle
desolada, tres hombres disfrazados con la inocente convicción de preservar la
tradición, siete adultos infantiles, y dos niñas ilusionadas. Patética la escena no por lo pintoresca, sino
más bien por la pobre y casi nula concurrencia.
Muestra evidente del Desapego cultural que nos arropa como país, como pueblo. Ya ni siquiera por casualidad fomentamos las
más emblemáticas tradiciones. Ya
involucrado en semejante espectáculo, me propongo aprovechar la presencia de
los magos soberanos para ventilar las intimidades de mi caso (mis delirios, mis alucinaciones, mis
complejos, mis desamores y desencantos).
Al final del día, esa es la razón verdadera por la que estaba allí. No obstante me dispongo a comenzar mi
oratoria, los creadores apalabrados retoman su ya cruel peregrinación. Incluso, en un breve parpadeo, hasta los
personajes barbudos habían desaparecido sin dejar rastro (hasta llegué a creer en sus poderes mágicos).
Fatigado
por la larga carrera y empapado por la lluvia incensaste, diviso a la virtuosa
bandada de escritores entrando a un restaurante italiano (pseudoitaliano, debo decir).
Este magnífico grupo de referencia que escogí para mi catarsis personal,
y que se jactan de ser defensores de la cultura local, decidieron terminar su
fantástico encuentro a lo "New York
Style"… comiendo pizza. Entre
trozos de “pepperonis”, jarras de
Coca-Cola y poetas con dieciséis porciones del suculento manjar en las
costillas, las conversaciones fluctuaban entre lo más sublime de las fuerzas
del Universo, hasta lo más burdamente mañosos del mercadeo capitalista. Víctima del tedio y la desidia, me levanté de
la silla bruscamente. Poseso por la ira,
comencé a decir todos los disparates que pasan por mi mente. Inicié la perorata hablando del último grupo
de referencia que vino a pensamiento, el puertorriqueño contemporáneo. Si, ese en el que cabemos todos los que hemos
heredado los defectos y virtudes de los primeros tres. Pero que por razones puramente coloniales ha
olvidado su verdadera historia, y la ha sustituido por la versión
imperial.
Cegado
aún por la rabia, yo continuaba mi alocución sin pausa. Les decía que no tenemos remedio, que somos
causa perdida. Que en gran medida he
perdido la fe en el sistema y en la humanidad, por causa de esa indiferencia
general hacia nuestra realidad colectiva.
Por la apatía al conocimiento y por el miedo inmenso a reconocernos como
descendientes de una mezcla de razas y culturas que nos puede hacer
grandes. Pero preferimos estar arrodillaos
ante el extranjero y venderle al verdugo, por unas pocas monedas, nuestro
propio hermano. Incluso, señalamos,
criticamos, y si es posible obstaculizamos a los que sí están dispuestos a
reclamar sus derechos. No somos capaces
de luchar ni de asumir una actitud solidaria con los que hacen frente a las
injusticias. Por el contrario, no
apoyamos ninguna causa que no sea la individual. Sin entender que el hecho de que alguno se
levante dignamente, eventualmente será nuestra reivindicación personal y
colectiva. Hasta que no recozamos en
nuestra sangre la gallardía taína, la fortaleza y resistencia negra, y el valor
de los criollos que tuvieron el coraje de elevar su grito, seguiremos
encadenados a un pasado inventado, atados a una realidad ficticia. Si no encontramos nuestro verdadero ADN, el
futuro será implacable con las próximas generaciones de puertorriqueños
adoctrinados.
En ese
instante de desahogo necesario, calmado ya por la tensión liberada, me percato de
que todos en la mesa se habían marchado.
Dejaron solo las bandejas plateadas y los vasos con hielo en proceso
descongelamiento. Nuevamente siento en
mi corazón una decepción muy similar a la que dejó mi querida y deseada
Perséfone al marcharse aquella noche cruel.
Superado el desvanecimiento temporal, me dispongo a salir del
lugar. No sin antes recibir de manos del
mesonero, la cuenta por pagar.
¡Levántate
y anda!
Muy interesante tu manera de exponer la triste realidad de nuestra Isla.
ResponderEliminarSi antes tenia sumo cuidado de encaramarme en la barca que conduce Caronte, luego de leer esta fantabulosa confesión, trataré en lo posible, aunque extrañe su buena compañía, de acercarme a él, so pena de quedar retratado otra vez en sus letras…
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