miércoles, 30 de enero de 2013

Aquí, allá y en todas partes: mi primer cuento ‘decente’


por Carlos Esteban Cana


Hace 22 años, en el 1991, participé junto a Amílcar Cintrón y Al Martínez, del taller de cuentos Escritura y Práctica Narrativa, que impartía en la facultad de Estudios Generales de la Universidad de Puerto Rico, el autor de Figuraciones en el mes de marzo, Emilio Díaz Valcárcel. Ese evento, junto a mi participación en la revista Senderos, que capitaneaba en Cataño el narrador Angelo Negrón, y mi ingreso a la Escuela de Comunicación Pública, donde conocí a quienes integraron eventualmente el equipo de redacción (Juan Carlos Quiñones, Rodrigo López Chávez y Joel Villanueva-Reyes), fueron los ríos tributarios que desencadenaron la presencia de Taller Literario en el panorama cultural boricua, eso sin mencionar al chamán que conocí en la barra del hotel El Convento, en medio de una peña literaria.

Varios cuentos salieron de ese primer taller. Aquí, sin embargo, en Solo Disparates, hogar cibernético del escritor, Caronte Campos Elíseos, quiero compartir el primer cuento que recibió la aprobación de Valcárcel y mis compañeros, después de varios intentos fallidos. El cuento se titula Una bala perdida, y terminó publicándose al año siguiente en la revista Camándula, que dirigía la escritora Ilia Arroyo. Creo que también en ese número de Camándula el poeta Noel Luna publicó uno de sus primeros trabajos.

Una bala perdida, es también el cuento que inicia el primer volumen de Fragmentos del mosaico humano. Serie que tiene como epígrafe la siguiente reflexión del psicoanalista Erich Fromm. Apunta el maestro: “El ser, si vive en condiciones contrarias a su naturaleza y a las exigencias básicas de la salud y el desenvolvimiento humano no puede impedir una reacción: degenera y perece, o crea condiciones más de acuerdo con sus necesidades”.

Sin duda que con el paso de los años y a través de mi propia experiencia he comprobado la gran verdad que guardan las palabras de este singular humanista. Bueno, solo me resta decir que a pesar del tiempo transcurrido, este primer cuento ‘decente’, aún, y lamentablemente, no ha perdido vigencia alguna. Con ustedes Una bala perdida.


Una bala perdida

     Camina de regreso a su casa. La luna apenas se deja ver escondida entre espesos nubarrones. Una gota,
como preludio, anuncia el torrencial aguacero que se avecina. Acelera los pasos. Escucha una detonación.
Debe ser un trueno. Oye otro y otro; una sensación única lo estremece, y cae al suelo. Siente, momentáneamente, una quemazón en la espalda. Sus dedos palpan la brea. Abre los ojos, y observa cómo un charquito –que cada vez se hace más grande- corre y llega a sus dedos. ¿Será la lluvia? Escucha ventanas cerrándose; ve luces apagándose; entonces, entiende lo que sucede.

     De su espalda brota ese líquido que reconoce al acercar sus dedos impregnados del mismo, pues la luz amarillenta del poste no es suficiente para corroborar su presentimiento. Comienza a arrastrarse, es corta la distancia desde esa esquina hasta la acera frente a su casa, donde está su automóvil, aunque Luciano se siente muy pesado.

     Se mueve con dificultad. Sigue en su empeño, mas no llega. ¿Cómo me puede suceder esto?

     Corre, por su cuerpo, un frío de pies a cabeza. La respiración es de ritmo acelerado. Sus lágrimas se confunden con la lluvia, y grita:

     -¡Auxilio!

     Un eco seco es la respuesta que recibe en aquella calle que sólo tiene salida a un caño. No le parece extraña la sorda conmoción que produce su alarido. En el pasado, él había emitido muchos sonidos de indolencia, ante gritos similares.

     -¡Ay, tengo que llegar; tengo que llegar!

     Estira la mano y, lentamente, apoya su cuerpo contra el baúl del carro.
Con mano temblorosa, saca unas llaves del bolsillo derecho de su pantalón, y –quejándose- llega a la puerta. Intenta meter la llave en la cerradura pero le parece que ésta se mueve, como jugando con las llaves, que caen al pavimento.

-¡Maldita sea!

     Hace un esfuerzo por doblarse por el que casi cae en la inconciencia. Lo intenta nuevamente, esta vez, alarga su brazo izquierdo, baja suave y las coge. Sube con la misma calma; la llave encuentra la cerradura y abre.

     Está empapado. Cada vez llueve más fuerte. Pretende hacer funcionar el auto, que pronuncia repetidos quejidos mecánicos, hasta que lo logra. Lo pone en marcha, y, para ver la carretera, acerca el rostro al cristal delantero, debido a la inutilidad de los limpia-parabrisas, ante el azote despiadado de la lluvia.

     -¿Se estará conmoviendo DIOS, de mi desgracia?- se pregunta y pasa su mano, manchada de sangre, por el cristal.

     Su herida late y produce un dolor agudo en cada movimiento. Sigue la avenida que bordea la playa, y se detiene en una intersección, sin decidirse hacia dónde ir: al centro de salud municipal (que se encuentra en esa avenida) o al hospital privado San Isidro, localizado en la ciudad vecina. Finalmente, opta por acercarse al municipal.

     Estaciona el carro frente al pequeño edificio, y ve en la entrada personas alrededor de un joven, tendido en el suelo, con el cráneo destrozado.

     -Lo tirotearon en el caserío- dice un hombre descamisado, alto y barrigón.

     -Pero, ¿quién lo trajo hasta aquí?- añade otro, barbudo y descalzo, con una bolsa de latas vacías a sus pies- se fue y no ha vuelto. ¡Jum! Éste revolú, me huele a que es por drogas.

     -¡Ay bendito!-interviene una enfermera-¡Aquí un muerto, pero allá adentro hay una vieja alcohólica con la pierna podrida, y un tipo que luego que lo asaltaron le dio un ataque cardiaco, y todavía la ambulancia no llega! Desesperado, al escuchar estos comentarios, arranca y se dirige a la ciudad vecina.

     -¡Dios mío, si llego a entrar, nunca me atenderían!

     Conduce en zig-zag, porque apenas distingue la carretera, a pesar de que ya no llueve. De repente escucha una sirena. La patrulla se interpone en su carril, y él frena bruscamente. Los guardias, con rifles en las manos, se acercan.

     -Su licencia de conducir- oye una voz ronca, y sólo puede extender los brazos hacia ellos. Le apuntan con los rifles, y Luciano emite un débil alarido.

     Los policías, que lo suponen ebrio, abren la puerta, y él cae. Al observar la espalda y el asiento cubiertos de sangre, ellos mismos lo trasladan a la sala de emergencia del San Isidro.

     Siente que las manos anchas que lo sujetan lo depositan en una silla. Aún tiene ante sus ojos el azul del biombo policiaco, y, con gran esfuerzo, lo primero que puede ver es un letrero, en el que se lee: Lo atenderemos según su turno de llegada.

     Desea moverse y no puede. Mira a su lado para pedir ayuda pero encuentra rostros inmutables ante su desgracia, y su tristeza emerge en un llanto silencioso.

     Recuerda su vida: es comerciante; vive solo, y tiene pocos amigos. Aún no entiende cómo esa bala perdida pudo encontrar destino en su espalda. Y pensar que nunca salgo a esa hora de la noche, piensa aludiendo a la reunión (organizada por los comerciantes ante el crimen imperante en el pueblo) de la que regresaba.

     No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando lo colocan en una camilla. Una enfermera lo arropa con una sábana hasta el cuello, y le pregunta:

     -¿Su nombre?

     Él mira alrededor, moviendo su cabeza de lado a lado.

     -¿Su nombre, por favor?

     Le parece que algo le oprime el pecho, y no puede hablar.

     -Lucia... – es lo último que logra decir. La enfermera lo observa detenidamente.

     -Doctor.

     Un hombre gordo, calvo y con espejuelos se acerca lentamente.

     -Está muerto- dictamina y con la sábana que el cadáver tiene alrededor le cubre el rostro.

     La enfermera, tranquila, camina hasta la ventanilla de la sala de espera, y dice:

     -El próximo.
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Carlos Esteban Cana - Escritor y comunicador puertorriqueño. Ha cultivado el cuento, el micro cuento, y la poesía. Actualmente, sin embargo, se ocupa de darle forma a sus dos primeras novelas y a un volumen de ensayos. Colaborador de varias publicaciones impresas y cibernéticas, en Puerto Rico y otros países. Bitácoras y publicaciones alrededor del planeta, como Confesiones, del narrador Angelo Negrón, reproducen su boletín "En las letras, desde Puerto Rico".

Para el periódico cibernético El Post Antillano también publica su columna "Breves en la cartografía cultural". En verano del 2012, Carlos Esteban publica Universos, libro de micro-cuentos bajo el sello de Isla Negra Editores. Otros dos libros aparecerán durante el presente semestre. El primero titulado "Catarsis de maletas: 12 cuentos y 20 años de historia", ofrece una vista panorámica de una pasión que el autor ha desarrollado, por cuatro lustros, en el género del cuento. "Testamento" es el segundo de los libros mencionados, poemario antológico que reúne lo más representativo de su poesía; género del que Cana manifiesta: "Fue la propia poesía que me seleccionó como medio, como intérprete". Cana es conocido además por haber fundado la revista y colectivo TALLER LITERARIO, que marcó la literatura puertorriqueña en la última década del siglo XX en Puerto Rico.

martes, 22 de enero de 2013

El mensaje a través de la bola

por  Caronte Campos Elíseos


Hace unas semanas atrás, para ser exacto el Día de Reyes, sucedió en Puerto Rico algo muy interesante.  Los medios le regalaron a una ciudadana, a tono con el día, sus 15 minutos de fama.  Más bien, fueron cerca de tres días. Salió en los espacios noticiosos, en la radio y televisión, y en la prensa escrita. Tres días donde la criticaron, la señalaron, la juzgaron y condenaron. Luego vino la lapidación por parte del pueblo. Se olvidaron de esa máxima que dice: el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Desde insultos hasta mofas recibió la pobre mujer.  Epítetos como: loca, bruta, negligente, mal agradecida, vaga, coge cupones, fueron solo algunos de los  utilizados para bautizarla.  

¿Por qué semejante descarga contra una persona, que hasta ese momento vivía en el anonimato?  Pues bien, todo se debió a unas expresiones que realizó en medio de una actividad ofrecida por el gobierno.  En dicha actividad, el gobierno ofrece dádivas a los niños, con motivo de la llegada de los Tres Reyes Magos.  En esta ocasión los niños tenían que entregar un dibujo para merecer recibir su obsequio.  Este año, el regalo tan esperado eran pelotas deportivas.  Esto según los organizadores, para fomentar el deporte en nuestros niños.  Pero sucede que las expresiones de la susodicha se dieron durante una entrevista. A esta mujer se le ocurrió decir, a modo de queja, que después de una larga espera en una fila kilométrica y con la niña enferma que apenas podía caminar; le dieron una “trapo e' bola”.  He aquí el génesis del empalamiento al que fue sometida durante el triduo.

Para variar, yo que siempre ando perdido, con el pensamiento en otro mundo, no entendí las razones para que los medios nuevamente se volcaran hacia un tema tan insustancial.  Porque para ser honesto, yo hubiera dicho lo mismo en ese momento. Y eso, que a juzgar por la biografía que se hizo de esta mujer, ella y yo somos bastante diferentes.  Yo soy un tipo común, un ciudadano promedio. Trabajo desde los 18 años, y siempre he pagado las contribuciones sobre los ingresos.  Rindo planillas y pago los impuestos como todos los puertorriqueños responsables, incluyendo el famoso IVU.  Pago mi préstamo estudiantil con el que costeé mis estudios de maestría.  Y si hubiese llevado a mi hijo de siete años y a mi hija de siete meses a dicha actividad, hubiesen recibido lo mismo que los demás: “una trapo e' bola”.  

El gobierno recibe todo nuestro dinero.  Dinero que debiera utilizarse para el ofrecimiento de los servicios básicos a la población. Servicios que por derecho, debemos recibir.  Pueden mencionarse entre los mejores usos para nuestro capital: una educación pública de excelencia, atención médica y de salud de calidad, bajos costos en las utilidades (agua, luz, telefonía); seguridad nacional, carreteras pavimentadas y sin riesgo de inundaciones, transportación funcional para evitar tapones innecesarios; infraestructura moderna que incluya áreas recreativas disponibles para el esparcimiento general, actividades que fomenten la cultura, las artes, los deportes, los valores, y la autoestima nacional; mejores y excelentes servicios en todas las agencias y corporaciones gubernamentales; iniciativas ambientales para mejorar la calidad de vida, estrategias locales para promover el trabajo y disminuir la deserción escolar, y legislación dirigida a bajar el costo de vida de las personas, incentivos para viviendas, ayudas para nuevos negocios, entre otros.


Pero los gobernantes que administran nuestras arcas, hacen exactamente lo opuesto.  Faltando a todo cuanto prometen cuando están en campaña, y juran cuando toman posición.  Malversan los fondos, malgastan los recursos, corroen las finanzas.  Se roban los chavos, se lucran de las posiciones que ocupan y abusan del poder en ellos delegado por los electores.  Solo velan por su bienestar y el de sus amigos, conocidos y cercanos.  Rescatan a los caídos en campaña y rechazados por el voto, con jugosos contratos y trabajos de asesoría.  Se dan vida extravagante, viven a todo lujo y comen lo mejor de la cosecha.  No carecen de nada y no le hace falta nada. Tienen acceso a todo lo que sus vida de políticos astutos y corruptos puede darles.  Todo esto aumentando nuestra deuda pública, e hipotecando nuestro futuro. 

¿En cambio, que recibimos?  Una educación pública que peca de no tener los recursos suficientes para ser efectiva.  Obligando a muchos a pagar una educación privada para sus hijos. Una tarjeta de salud que carece de empatía por los medico indigentes. Y que mantiene a cerca de 350,000 personas sin cubierta médica. Pobre seguridad en las calles, en los centros comerciales, en las fiestas de pueblo, y hasta en las propias escuelas. Servicios básicos carísimos (luz y agua), más que en la mayoría de los países vecinos.  Pésima transportación pública, que obliga a muchos a comprar vehículos, muchas veces sin poder, para transitar en carreteras en deplorables condiciones.  Áreas recreativas, canchas y parques, que la mayoría de ellas se han convertido en centros de distribución de drogas, y el resto se han convertido en estorbos públicos por sus malas condiciones.  ¿Es ahí donde quieren que los hijos de este país vayan a jugar con la bola que recibieron el 6 de enero?  ¿Así es que quieren fomentar el deporte?

Mientras, realizan su actividad de Reyes Magos para sentirse como héroes que dan al pueblo lo que merecen. Sin embargo, su única magia es hipnotizarnos y desaparecer nuestro capital.  Nos dan de las migajas que sobran de sus banquetes subvencionados con nuestro dinero.  Les dan a nuestros niños un regalo a cambio de un dibujo.  Lo que hace que por definición deje de ser un obsequio y se convierta en una transacción entre dos partes.  Estos malandrines, luego de asegurar su botín, nos reúnen en masa en un lugar inhóspito y en condiciones paupérrimas.  Lobos disfrazados de abuelitas solo para ganar nuestra deferencia.  Lo peor de todo, es que vamos como ovejas inocentes al matadero de la dignidad.  Llevamos nuestros niños a ese escenario, a recibir la trapo e' bola, como una burda imitación de un periodo especial.  Lo aceptamos como bueno, y lo justificamos.  Nos aclimatamos a la idea tanto, que al que se atreva criticar ese sistema, lo linchamos sin contemplaciones.  Habrá quien diga que muchos héroes del deporte comenzaron sus pininos con una simple pelota, lo cual es muy cierto. Pero también es cierto que, los tiempos y las condiciones no son las mismas del tiempo de Clemente, Piculin, o de otros grandes del deporte puertorriqueño. La sociedad en la que ellos se desenvolvieron ya no existe.

¿Cuál es la diferencia entre los anfitriones y la señora criticona?  Puede sonar como un disparate, pero la diferencia es abismal. Ella se mostró tal cual es, diciendo lo que pensaba y sentía en ese momento histórico. Ellos, por su parte, se muestran con diplomas (en la mayoría de los casos), con vocabularios domingueros, con buenas intenciones y con su pedigrí de gente.  Pero a nuestras espaldas, en ocasiones, otras, de frente y sin tapujos, nos mantienen como a los ladrones en las cruces romanas.

En mi opinión, la única que descifró el verdadero mensaje del regalo deportivo, fue precisamente, la mujer lapidada.  Lo que realmente había detrás de los bombos y platillos.  El mensaje que nos dice claramente, ahora lo puedo ver así, que mientras ellos llenan sus bolsillos y sus cuentas bancarias con nuestros billetes; mientras ellos y sus familias se dan la gran vida a nuestras costillas; mientras ellos y sus amigos tienen todo cuanto quieren, nuestros niños solo merecen... ¡una trapo e' bola!

¡Levántate y anda!

martes, 15 de enero de 2013

País sin Prensa

por  Caronte Campos Elíseos


No existe algo que sea peor que imaginarse cosas que, aparentemente más nadie puede o quiere ver.  Hace unos meses comencé a imaginar que estoy viviendo en un país que está totalmente desconectado de su realidad.  Algunos expertos nos brindan promoción internacional como la isla de los sumergidos y perdidos.  Aunque hay quien dice que en esta mínima extensión de tierra nadie se pierde.  Otros, tratan de mantener la moral alta con optimismo extremo.  Dentro de ese pensamiento perturbador en el que me hundía, buscaba las posibles causas para tal incoherencia.  Era el tiempo de las elecciones, y me pareció encontrar uno de los principales promotores de tal enajenación insular.

Pronto llegaron las famosas encuestas sobre la carrera electoral.  Para mi sorpresa, confirmaron lo que presentía.  En estas, se presentaron lo que se suponía era la tendencia en materia eleccionaria, y lo que era el posible panorama sobre los resultados.  Nada más lejos de la realidad.  Los resultados fueron diametralmente opuestos a lo que presentaban los medios de informativos.  Cualquier persona dentro de su sano juicio pensaría que simplemente fallaron los pronósticos.  Pero en mi caso, y a juzgar por la trayectoria de dichas encuestas, lo que viene a mi mente es que son un burdo intento por influenciar el psiquis del electorado hacia un candidato determinado.

He tratado de ignorar esos malos pensamientos, pero no he podido.  Todos los días al ver los noticieros locales, estos abonan a mi locura aparente.  Durante la casi una hora de malas y desagradables noticias, secciones como: “El Relámpago Mundial”, “El Mundo en medio Minuto”, entre otros de la misma índole, son sintomáticos de un medio informativo que muestra y hace alarde de su realidad.  Mientras en el mundo real suceden eventos y actividades que generan consecuencias globales y que se convierten en historia, los medios locales reportan una ínfima parte, y a vuelo de pájaro.  Prefieren utilizar el tiempo al aire para polarizar las masas en la locura tropical.  Al final del día, si una hora no es suficiente para presentar un buen noticiario local, mucho menos para presentar lo que sucede más allá del mar.  Adicional, esa operación cumple con el objetivo de mantener los espectadores en el aire.  Eso pienso yo, para subsanar mi carencia de confianza.

Confianza que he perdido, debido a que los medios han sacrificado su credibilidad por sensacionalismo.  Esto se percibe, y es evidente en el contenido de la inmensa mayoría de los programas noticiosos del país. Todo lo reportado no es más que noticias amarillistas, marcadas por los problemas sociales que nos acechan.  Lo cual acentúa cada vez más, que la sociedad enfrenta una grave crisis.  Se presentan con una especie de morbo solo para obtener los mejores “ratings” frente a la competencia.  Un canal local muy conocido se ha comprometido a reportar notas positivas al final de su espacio noticioso.  Al anunciarlo, lo han hecho con el mensaje subliminal de que todo es nuestra responsabilidad.  Que ellos reportan lo que el país produce. Es decir, que el país no produce suficientes notas positivas para completar un espacio de una hora en su totalidad.

A esto se suma, el pobre análisis que se realiza cuando se trata de informar.  Se realizan debates parecidos a cuadriláteros de boxeo, donde los adversarios se enfrentan por un minuto esperando que suene la campana.  Minuto que utilizan para ataques personalistas, más que para abundar sobre la materia discutida.  Mientras, el reportero o reportera que funge (debiera escribir finge) como moderador, asume un rol que en nada abona al análisis serió y profundo, formando así parte del espectáculo.  Esto contribuye a la transformación de dicho escenario, en una arena circense.  Todo lo anterior tiene como consecuencia, la verdad solapada.  Recibimos verdades a medias, mentiras enmascaradas.  Y las asimilamos todas.

Mi mente continúa dando bandazos entre ideas que son abrumadoras.  He llegado hasta pensar, que todo es concertado.  Que todo es parte de un plan mayor para distraernos. Donde el único fin de los medios es hipnotizarnos, idiotizarnos.  Manejar nuestros sentidos y manipular así, la opinión pública. Todo para insertarse e influenciar en la política partidista. Cada canal televisivo, cada empresa periodística, tiene un partido político y candidato de predilección.  A tal grado, que algunos se ofrecieron de manera gratuita durante el periodo electoral.  Siempre vence el interés privado, el interés capital y comercial.  Al final de la jornada, el partido y su respectivo candidato en el poder, los tocará con limón y con algunos contratos de publicidad, dulces para sus bolsillos.

Todo esto redunda en el secuestro de periodistas.  El país cuenta con excelentes periodistas que toman muy en serio su trabajo.  Que su vocación es transmitir la verdad. Pero terminan tras los barrotes impuestos por los empresarios dueños de los medios, que censuran, coartan, y editan todo cuanto se informa.  Y se transforman en marionetas de los intereses de sus jefes y supervisores.  Se muestran indefensos y rezagados ante los entrevistados.  Hacen gala de poca preparación, o en su defecto, del control ejercido por los poderosos.  Mientras, los entrevistados nos dan gato por liebre.  Dicen cada disparate, argumento, explicación y expresión. Tergiversando, evadiendo y manipulando todo asunto relevante, convirtiéndolo en bazofias superficiales.  Recibimos así, un pobre y mediocre servicio mediático, al menos para los mejores intereses del pueblo.  Donde, como dice una de mis canciones favoritas de Rubén Blades, la verdad es mentira y viceversa.

El resultado para los que esperamos una prensa que tenga credibilidad, veracidad, y que sea confiable, es la desilusión.  Solo vivimos inmersos en la desinformación.  Desinformación que nos lleva a creer muchas cosas que, en realidad son falsas, y otras tantas que no existen.  Opinamos basado en lo que leemos y escuchamos en medios.  Opiniones que nos degradan y autodestruyen nuestras posibilidades de crecimiento y superación, por su déficit de sustancia y coherencia.  Vivimos en una total enajenación de lo que sucede en el resto del globo.  Sobrevivimos como sonámbulos, como zombis, sin conocer nuestra verdadera condición actual.  No sabemos nada de lo que se cocina detrás de esa cortina de humo ficticia.  Creada, desarrollada y mantenida para controlar nuestros pensamientos, acciones y decisiones.

Llego entonces a la conclusión inexorable, dentro mi paranoia irrisoria, que habitamos en un País sin Prensa.  Solo nos queda buscar por nosotros mismos la verdad oculta.  Buscar la realidad a través de ese muro levantado entre nosotros y el resto del mundo.  Romper las barreras mediáticas impuestas entre nuestro presente y nuestro futuro.  Pensar diferente a la oficialidad.

Levántate y anda.

martes, 8 de enero de 2013

Una sola cámara

por  Caronte Campos Elíseos


Hasta donde yo sé, vivimos en una democracia.  Muchos la llaman democracia participativa porque cada cuatro años, literalmente, participamos en un evento electoral para elegir un gobernador, senadores y representantes, para administrar el poder del pueblo. Y que luego ellos hacen lo que mejor les parece sin importarles las promesas y los compromisos que adquirieron a cambio de nuestro valioso voto.  Voto que no volveremos a ejercer hasta pasados cuatro años adicionales.  ¡Vaya democracia; vaya democracia participativa! ¡Oh, y vaya voto valioso! 

En una democracia el poder pertenece al pueblo, y este ejerce su soberanía a través del gobierno.  Los gobernantes ejercen la máxima autoridad en reconocimiento de la soberanía nacional.  Empero, y dejando a un lado las definiciones y los deseos utópicos de un mundo ideal, regresemos a nuestra realidad actual en la que, aparentemente vivimos una oligarquía, en la que los gobernantes ejercen el poder motivados por sus propios intereses sin importarles el bienestar del pueblo.

El 10 de julio de 2005, el pueblo de Puerto Rico participó en un referéndum para decidir la posible conversión de la asamblea legislativa, compuesta por dos cámaras, en una asamblea unicameral.  En este, la opción de una sola cámara superó al sistema bicameral con unos resultados incuestionables, de casi un 84% de los votos a favor del cambio.  Hasta el sol de hoy la voluntad de la mayoría del electorado que acudió a las urnas, no se ha cumplido.  De ahí la afirmación anterior de que, en efecto, la oligarquía se apoderó del gobierno. Utilizando subterfugios, como la poca participación del electorado y la mala sangre del gobierno compartido, que en esa coyuntura histórica le cayó como anillo al dedo, han evadido el mandato general de disminuir su presencia en la casa de las leyes.

En el siguiente cuatrienio, 2008-2012, la historia fue la misma.  Vamos a resolver los problemas que atormentan nuestra gente, eso decían.  Pero una vez más la voz del pueblo fue ignorada, y en vez de reivindicar el voto popular del ciclo electoral anterior y comenzar a reducir su doble compensación, prefirieron dejar sin sustento cerca de 30,000 jefes de familias.  Como paréntesis, y como muestra de la cultura política nuestra, cabe señalar que cerca de la mitad de esas víctimas, o tal vez mártires voluntarios, votaron por el propulsor de la ley que los dejó las calles. Tal vez estadísticamente esté equivocado, pero el doctor de la medicina amarga solamente perdió por menos de 15,000 votos.

Ahora entra al poder un nuevo gobernador y una nueva legislatura.  Digo nuevos por deferencia, pero en realidad son los mismos partidos, las mismas caras,  asesorados por las mismas batatas políticas podridas que han sido reiteradamente rechazados.  Prometieron cambios profundos en la legislatura actual, para hacerla más costo-efectiva y productiva.  Lo mismo que el pueblo les reclamó siete años atrás.  La diferencia es, que “quieren” hacerlo con otra figura, la del legislador ciudadano.  Siempre buscando la manera de perder ellos lo menos posible, y si es posible no perder nada.  Pero no bien han tomado posesión del poder, ya han retirado su palabra empeñada durante toda la campaña electoral.  Dicen, según ellos, que el caso amerita estudios exhaustivos para no cometer (más) errores.  Los que nos pedían a gritos: “Habla Pueblo, habla”, han sido los primeros en tener oídos sordos a los reclamos lanzados elección tras elección.  ¡Triste es nuestro caso y larga nuestra condena!

En momentos en que las finanzas del país están deterioradas.  Que el bolsillo de los contribuyentes no resiste un aumento más.  Que los precios se han disparado hacia arriba, como balas en despedida año.  Que los productos y servicios han encarecido a niveles exorbitantes, la necesidad de economías, ahorros y austeridad es evidente.  El costo de vida, incluyendo las necesidades básicas como la salud y la educación están inaccesibles.  Sin mencionar la gasolina (no la del reggaetón), la energía eléctrica, el agua, el teléfono, el servicio de ATH (que son privados), los peajes, entre otros.  No puede faltar el impuesto sobre la venta (IVU), el cual ha colocado en eutanasia nuestras finanzas personales.  Y la deuda pública, está en su punto más alto en los últimos años.  Sin embargo, el pueblo decidió comenzar su plan de ahorro recortando los gastos alegres y costos insostenibles para mantener una asamblea legislativa que, además de onerosa, ha demostrado ser poco productiva, superflua y contraproducente para los mejores intereses del pueblo. 

Mantener la rama legislativa con el diseño y la composición actual le cuesta al pueblo de Puerto Rico alrededor de $128,000,000 (en dólares americanos).  La mayoría de este dinero se desperdicia en salarios altísimos (comparados con los salarios de otras legislaturas de diferentes jurisdicciones en los Estados Unidos), dietas (aunque por el peso y apariencia de algunos parece no ser muy efectiva), autos, celulares, asesores y ayudantes (para las personas que menos producen en este país).  Dada esta realidad, irónica de paso, los electores demandaron cambios y reformas en la composición legislativa, ordenando a los senadores habilitar una ley para esos efectos.  Pero los deseos de superar esta época de recesión, esta etapa de crisis fiscal, ha encontrado en los dirigentes políticos los principales opositores.  Parece que sólo piensan en ellos mismos, en sus familias, sus necesidades, en sus bolsillos, sus estilos de vida acaudalados.  Se les olvidó el verdadero propósito de su elección, se olvidaron de sus promesas de campaña y los compromisos adquiridos a cambio de nuestro voto.  Ya no piensan en nosotros, en nuestras familias, nuestras necesidades, nuestros bolsillos, ni en el costo de nuestros precarios estilos de vida.  Mientras esto sucede, los medios nos entretienen con una trapo e’ bola, que tiene el efecto de cortina de humo para los verdaderos entuertos del país.

Era de esperarse que los detractores más férreos de esta medida fueran los llamados a ejecutar el mandato del pueblo, ya que les afecta directamente y eso sería una inmolación.  ¿Cómo pudimos pensar que iban a actuar en contra de sus propios intereses?  ¿Cómo pudimos imaginar que iban a anteponer el bienestar del país al bienestar personal?  ¡Que ingenuos fuimos!  Ahora me gustaría que votemos por una sola cámara. ¡Sí, una sola cámara de gas!  Pero no, no para lo que usted se imagina. Esos son deseos reprimidos de exterminar de esta manera los legisladores y asesores que no cumplen con su deber, que no es otro sino cumplir con lo que les dictan sus constituyentes.  Más bien, el propósito de esa cámara de gas es, exterminar todo lo que nos ata, todo lo que nos sumerge y nos mantiene en esta situación tan precaria.  La política partidista y todas sus manifestaciones, la baja autoestima nacional, la dependencia económica, el gobierno paternalista, la influencia social y cultural que recibimos de otros países a través de algunos medios de comunicación.  Son algunos de los factores que influyen en nuestra condición actual. 

Erradicando de nuestras mentes los miedos, las trabas, los obstáculos y las cadenas que nos impiden ejercer con conciencia nuestro derecho al voto, podremos elegir los mejores legisladores y representantes que velen por nuestros mejores intereses.  Que antepongan el bienestar común por encima del bienestar propio, que respeten la voluntad y el mandato del pueblo aunque eso implique sacrificio personal, y que defiendan la democracia en la que deseamos vivir.  Eso está por verse, tenemos cuatro años más para pensar diferente.
   
Levántate y anda.

domingo, 30 de diciembre de 2012

En la parada

por  Caronte Campos Elíseos


En Puerto Rico la política ha progresado.  Mejor dicho, no la política, sino la manera de politiquear en Puerto Rico ha evolucionado.  Recuerdo hace muchos años, ¡eh, bueno, NO tantos!, hace solamente unos años, haber visto a muchos políticos caminar por las calles del pueblo, saludando a todos los vecinos y parroquianos.  Casa por casa, sin importarles si eran de madera y zinc, o si tenían que modelar por una alfombra roja, de lodo por supuesto, para estrechar la mano de hasta el último incauto, ¡perdón, ciudadano!  En este peregrinar, acompañados de sus huestes, saludaban a todos y escuchaban las necesidades y reclamos de algunos o al menos eso aparentaban, y luego prometían, prometían  y… prometían.  Demás esta decir que todo quedaba en eso, promesas, promesas y… promesas incumplidas.

Un tiempo después, los vi llegar a caballo.  Con toda la indumentaria al estilo vaquero.  Con botas, sombreros, y disparando desde la baqueta sus promesas de salva, paseándose por todo el condado.  Saludaban a todos a su paso, ofrecían villas y castillas, y simulaban percibir los reclamos de los pobladores.  Los equinos los seguían, confiando una vez más, en que ese era el candidato que por fin resolvería sus vicisitudes.  Pero como siempre ocurre en este viejo oeste político, después de la bonanza electoral, solo quedan las esperanzas convertidas en estiércol. 

Pasados los años, la contienda electoral se trasladó al mar, y según iban y venían las olas, llegaban los candidatos, en kayak y motoras acuáticas, a rescatar la isla del tsunami de molestias que amenaza con arrasarla.  Los maremotos de promesas y ofrecimientos arropaban a todos los que navegaban por esas latitudes, asegurando así, la mejor temporada de pesca, para esos pescadores de votos y mercaderes de “verdades” y mentiras solapadas.  Mientras tanto, la fe de todos los marineros que abordaron y zarparon junto a esa regata de piratas y corsarios, con visión de un mejor mañana, naufraga y queda sumergida en la misma miseria de antes y de siempre.

Pero en la era moderna, los hemos visto en aviones, dando sus viajes ostentosos.  Los hemos visto descender en paracaídas, así como ha descendido nuestra voluntad.  Los hemos escuchado hablar de ferrocarriles y de métodos integrados de transportación para pasearnos por la ruta panorámica, en un viaje lejos de la realidad, y así, irse por la tangente sin acatar la voluntad de los pasajeros.  Pero el último de los redentores vino en guagua.  En esta SUV de gran capacidad, se montó villega y to’el que llega, excepto los que se quedaron en la era del mal, perdón, del mar.  El chofer prometió curar el país del cáncer que lo carcome, y del gobierno compartido por mediocres.  Reclamó la confianza para acelerar hacia un cambio sustancial y distante de la situación actual.  Pero, ¿Dónde estaba la ruta a seguir? ¿Dónde estaba el mapa que se supone nos guiara en este camino pedregoso, y que estaba supuesto a evitar que nuevamente quedáramos extraviados después de la gran carrera? Para variar, como legos que somos en materias de política, fuimos engañados nuevamente.

Todo fue un burdo truco publicitario, una metodología de engaño, diseñada para conseguir lo que más ellos desean, acceso al poder y al dinero.  Obtener una posición con licencia para lucrarse de nuestra constante incursión en la inocencia, en la creencia de que alguno de ellos realmente se preocupa por nosotros.  Y así, cuando esa guagua que transportaba nuestras esperanzas y deseos de un mejor porvenir arrancó en ese viaje de cuatro años de duración, llevando consigo a una elite, a un grupúsculo de personas que no cedieron sus asientos a nadie, quedamos atrás como siempre ha sucedido.  No dejaron espacio para el pueblo que los eligió como choferes, dejándolo a su suerte y tratándolo como paciente de alguna enfermedad infecciosa, contagiosa y mortal.  Siguieron su camino de lucro personal, prometiendo encontrar la cura para ese mal que mantiene en estado comatoso al que ellos llamaron, paciente en etapa terminal.  En el proceso, recetaron al enfermo medidas de las cuales decían, eran la medicina amarga que nos sanaría completamente. Según los conductores, ahora convertidos en médicos y doctores, esta medicina amarga nos aliviaría lenta y paulatinamente hasta llevarnos, del cuidado intensivo a una completa curación y estado de bienestar, que al sol de hoy no lo hemos percibido.  La situación del paciente continúa siendo crítica, su condición ha empeorado y el panorama de recuperación no es alentador, en lo que a todas luces lo ha dejado, según los diagnósticos recientes, como víctima de la eutanasia aplicada por los pasados años.  Ciertamente, los especialistas escogidos fallaron en sus procedimientos y técnicas, las mismas que implementaron sin anestesia, por lo que resultaron muy dolorosas para algunos que, permanecían despiertos y conscientes del “malpractice” del cual eran víctimas. La respuesta de estos especialistas en hemorragias de riquezas a costas de otros, ha sido un escueto pero sincero: “Such is life”.

Las radiografías lo único que mostraron fueron las verdaderas motivaciones de los supuestos galenos.  A fin de cuentas, si el mesías no pudo resolver el entuerto, que podían hacer los curanderos terrenales con sus bisturíes enchapados en oro.  Por tal motivo, el paciente decidió sustituir el chofer de esa guagua que todo el tiempo viajó en reversa, y buscar una segunda opinión que pueda dar con la raíz de su padecimiento y pueda de una vez, inyectar otros sueros y remedios que lleguen a la médula de la condición, sin que tengan los efectos secundarios tan onerosos que hasta el momento han sido peores que la enfermedad misma, y que han dañado los signos vitales de nuestra economía, educación, salud, y seguridad.  Así, volvemos con el mismo amor y la misma candidez que nos caracteriza, a aguardar en la parada donde estábamos al comienzo, en la eterna espera con todo nuestro equipaje de penurias, ilusiones y anhelos, a que pase la próxima guagua que nos lleve a nuestra sanación total y a nuestro destino final, ¡La Redención!  

¡Levántate y anda!